Un genio con mucha prisa

Marc Márquez, que debutará en MotoGP batiendo todos los récords de precocidad, conquita el título de Moto2


Phillip Island / COLPISA

A Marc Márquez le encanta el suspense, y casi siempre, sea por voluntad o por circunstancias ajenas, pone una buena dosis en emoción en sus triunfos.

Pero esta vez no quería sorpresas, porque hace una semana una caída bajo la lluvia le impidió sentenciar en Sepang, y no quería llegar a la última carrera de la temporada en Valencia con el campeonato aún abierto. Solo necesitaba sumar dos puntos, terminar la carrera entre los 14 primeros, o que Pol Espargaró, su rival durante todo el año, no ganara. Una combinación muy factible (sobre todo lo primero, porque Pol se empeñó de lo lindo en no dar facilidades), pero había que hacerlo. Y Marc lo hizo, sí, controlando la carrera sin grandes sobresaltos, pero sin renunciar a su propio estilo: no quiso, o no pudo, perseguir a un Espargaró implacable, pero peleó en la última vuelta para cerrar el título desde el podio. Y, como casi siempre, le salió bien. Fue tercero.

La importancia del padre

Un nuevo éxito que vuelve a tener al mismo culpable: Julià, ese hombre que sale siempre por televisión cruzando los dedos y haciendo muecas de puro sufrimiento mientras ve las carreras de su hijo desde el box. A papá Márquez le encantan las motos, y desde muy pequeño introdujo a su primogénito en el mundo de las dos ruedas. «Una moto de las de verdad, de dar saltos», pidió Marc a los Reyes Magos cuando tenía tan solo cuatro años.

Los Reyes se portaron, y llegó la moto de cros, y pronto también las primeras carreras, siempre sobre tierra, y siempre acompañado por Julià. Y las primeras victorias, y la tentación que puso ante sus ojos Ángel Viladoms, entonces presidente de la federación catalana de motociclismo, que fue el primero en ver que en aquel niño pequeño y moreno había madera de campeón y propuso a los Márquez iniciarse en velocidad, en pistas de asfalto. Era el año 2000, y Marc empezó a hacer diabluras en la Copa Conti, que se disputaba en pistas de karts, sin abandonar el motocrós. Luego vinieron el Open Racc, y el campeonato catalán.

Rivales de más edad

Y el niño siempre iba muy rápido, mucho más que su crecimiento: subía de categoría para medirse con motos a las que no podía subirse por su propio pie contra rivales mayores que él (gracias también a la picardía de su padre y a la generosa vista gorda que alguna vez hizo el presidente Viladoms), y que había que adaptar modificando manillares y sillines para que Marc pudiera llegar al gas, el freno, el embrague y los pedales.

En parado, parecía una quimera que ese chico lograra conducir una moto de carreras. Luego salía a la pista e impresionaba a todos, aunque no pocas veces la aventura terminaba con un tremendo batacazo.

Plomo y vitaminas

Llegó la adolescencia, y Marc seguía teniendo cuerpo de niño: compitió en el campeonato de España contra chicos mucho más corpulentos que él, y con la moto y el mono lastrados con peso añadido, porque él era tan liviano que no llegaba al mínimo fijado por el reglamento. Pero, siempre apoyado por Julià y por el ex campeón Emilio Alzamora, que ha tutelado su carrera desde los 12 años, se esforzaba por sobreponerse a las dificultades. Y mamá Roser le preparaba multitud de batidos y zumos para complementar su alimentación, y ayudar a crecer a un cuerpo perezoso en el desarrollo.

Cuando disputó su primer Campeonato de España en el 2006, Márquez no llegaba al metro y medio. No ganó pero siguió evolucionando y en el 2008 Alzamora decidió que había llegado la hora de dar el salto al Mundial. Y tras dos años aprendiendo, muchas veces con tremendas caídas, el pequeño Marc fue creciendo dentro y fuera de la pista hasta ganar el título de 125cc en el 2010, al manillar de una Derbi, y coronándose como campeón más joven de la historia, con nada menos que diez triunfos. Ahora, en Moto2 sigue superándose.

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