Escribo esto con todavía piel de gallina por el espectáculo del triatlón masculino. Ojo y no solo porque Javi haya quedado segundo, sino por el ambientazo, la emoción y la entrega de los participantes. Una plata que es casi oro, ya que como les sucede a las de sincronizada con la rusas, ganar a Alistair Brownlee si no hay un incidente es muy pero que muy difícil.
La emoción se transforma en indignación cuando veo a Marta Domínguez. Ojo, no en la pista porque nadie puede negarle su entrega, clase y sacrificio. Pero ese mutismo -no solo en Londres sino desde la operación Galgo y su maternidad coincidente en el tiempo- le está enterrando. Si no tienes nada que esconder, haz vida normal, enseña a tu hijo, pasea por el parque, incluso que te saquen en las revistas del corazón (las amables, no las carroñeras). Y durante tu fase de vuelta a la competición no sigas escondiéndote y no ocultes el nombre del entrenador: el único de los 48 olímpicos que no lo declara. Ante quien piense que la prensa le ha tratado mal acusando sin pruebas yo opino lo contrario; se le ha tratado demasiado bien. Su caso en otro país hubiese sido un escándalo; por ejemplo los guiñoles franceses habrían tenido un filón de ser ella de allí, como ha sucedido con otros deportistas galos en casos similares.
Alucino que teniendo un representante, una marca deportiva líder mundial que le patrocina, una federación que le tiene como estandarte, un CSD y un COE cuyo presidente da la cara con ella y hasta un partido político por el que ha sido elegida senadora, nadie le haya obligado a ser simpática y hablar con la prensa, aunque sea fingiendo. Ella, que ha gozado de todas las facilidades para entrenarse y competir -incluyendo no tener que ir al Senado desde hace meses- no puede tratarnos así.