Y al séptimo día resucitó

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MMíchel hizo ademán de pararse y arrancó con dos futbolistas, uno de cada casa, tendidos en el área pequeña. No paró el juego el colegiado. Tampoco tiró el balón fuera. No solo eso. El valenciano se saca de la manga un disparo que lame el poste de Sergio. Y comienza el calvario de Álex López. El trotacampos aparece congelado en la imagen, como si su carrera se hubiera detenido con un mando a distancia. En ese instante parece que todo lo demás no importa. Álex se convierte en la diana fácil. El fútbol también necesita antihéroes con los que ensañarse. La prensa, la afición y sus compañeros lo eligieron el mejor jugador de la campaña pasada. Ante el filial del Barcelona, el ferrolano volvió a demostrar el por qué. Herrera lo adelantó, como en los viejos tiempos. Álex no pudo disfrutar de esa posición. Por detrás, Bustos e Insa no conseguían sacar el balón jugado. Ni a la una, ni a las dos, ni a las tres. Retrasó entonces su puesto, cuando la pelota quemaba, para ofrecerse en un falso trivote. Con los cambios, Álex recuperó sus galones y se multiplicó en el soporte de una sinfonía ofensiva en la que ya no desentonaba De Lucas. Volvió a rallar a gran nivel.

Se fue de su Racing del alma, sin oportunidades, rumbo a Narón. Su carrera parecía perderse en cuestiones menores. Toni Otero insistió en su fichaje. Eusebio le hizo debutar y Herrera, su gran valedor, apuntaló el trabajo defensivo que le faltaba. Álex es carne de Primera División. Y es imposible entender la mejora del Celta, en las últimas dos temporadas, sin él. Por eso era tan injusta su crucifixión por una anécdota. Por eso le han bastado unos días para cerrar bocas.