La absurda depresión

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A más de uno le ha entrado ya el tembleque. Ese espíritu autodestructivo tan propio de un sector de la prensa y de los aficionados vigueses. Hace quince días, el Celta era una bala. Tenía medio ascenso en el bolsillo y había ganado mucho crédito. Han bastado 45 minutos de caraja en Las Palmas y un empate inmerecido en Huesca para plantarle fuego a todo. A los resultadistas les da lo mismo que en el Insular un arbitraje nefasto estropeara el marcador. O que en el Alcoraz, ante un rival pertrechado, fallara la puntería. Les ha faltado tiempo para cargar las armas y empezar a disparar a todo lo que se menea. De la euforia desbordada al intento de suicidio, como si de un bipolar se tratase. Una cosa es la crítica necesaria y otra inmolarse sin sentido. El Celta tiene, cuando restan doce jornadas, cuatro puntos y golaveraje de ventaja sobre el cuarto. De las doce, jugará siete en casa, donde no cede un punto desde noviembre. Y no, claro está, no lo tiene hecho. Ni mucho menos. Pero ha demostrado argumentos suficientes para que el entorno intente darle el último empujón en lugar de pretender que muera de sobredosis por depresión. El fútbol es también un estado de ánimo. Que nadie lo olvide.