El Celta logra una racha espectacular. Noquea a sus rivales por el ascenso. Golea con estrépito al Numancia. Las rachas, los récords, el derbi de abril, las renovaciones... la gorra. El riesgo del recorrido hasta Las Palmas es que todo invita al cante, al exceso de autoestima, a la inevitable relajación. Y pasa que el Celta se encuentra a otro buen equipo. A Bikandi Garrido, el peor sujeto disfrazado de colegiado de la categoría. Una calamidad. A la madera, que escupe sin pudor lo que otras veces traga. Con tanto contratiempo necesita su versión más arrolladora. Pero aparece la más discreta, la de un equipo deslabazado, adormilado primero, superado por las circunstancias luego, y con algo de maquillaje al final. El Celta tampoco hizo el ridículo. Pero mostró la moraleja que debe apuntarse en el pellejo de cada uno de sus futbolistas. La de que nada está hecho y nadie le va a dejar ganar por que lleve gorra o carta de presentación. Cualquiera te pinta la cara, te vuelve un muñeco de trapo, y te deja noqueado después en la cuneta con cara de bobo. Al ascenso le quedan trece finales. Trece. Todas valen lo mismo. Todas cuestan igual. Al Celta no se le ha olvidado la música. Solo ha desafinado tras tanta ovación en un cúmulo de desgracias. Perder un partido en cuatro meses no es ningún drama. Toca arreglarlo en Huesca.