Dispendio o inversión. Desde ayer, Fernando Torres, el héroe olvidado de la Eurocopa, protagoniza el traspaso más caro de un futbolista español. A la vuelta de un discreto Mundial, fruto de una apresurada recuperación tras una intervención quirúrgica, se encontró con un Liverpool enredado en disputas de despachos y en plena crisis deportiva. Nada nuevo para el futbolista que desde los 17 años y durante seis temporadas cargó con la incómoda mochila de los fracasos del club más caótico del fútbol europeo. Ahora le vuelto a suceder algo parecido y, como en el 2007, es la Premier la que confía más en las posibilidades de Torres que el fútbol español, para quien siempre ha estado bajo sospecha. El Liverpool desembolsó 36 millones de euros por un delantero de 23 años que había marcado 75 goles en 175 partidos en Primera. En sus tres temporadas y media en la Liga inglesa ha anotado 65 en 101 encuentros (de 0,43 tantos por partido a 0,65). Pero, a punto de cumplir 27 años, el Niño ya no se siente con fuerzas para cargar otra vez con la pesada losa de un club en continua agitación. Quizá sea un exceso desembolsar 58 millones de euros, nadie vale una cantidad semejante, pero la virtud de Torres es que ha estado en el lugar indicado en el momento adecuado. En su día fue la tabla de salvación del Atlético, un divorcio amistoso beneficioso para ambas partes; para el club porque en uno de sus escasos aciertos fichó a Forlán y para el delantero porque encontró un escape a una situación asfixiante. Comprometido, habituado al fútbol inglés y en plena madurez, con un amplio recorrido por delante, es uno de los escasos delanteros por lo que se puede cometer una locura. Otros asunto es la torpe excusa de buscar en el Chelsea los títulos que le faltaron el Liverpool.