Tres para un balón. Iniesta, un barcelonista al que aplaude la grada del Espanyol; un hombre que escucha el silencio antes de golpear la pelota y marcar el gol de su vida; un concentrado de talento al que todavía llaman Andresito. Xavi, un jugador al que el árbitro le pide la camiseta durante un partido del Mundial; un catalán que grita «¡viva España!» para celebrar la Eurocopa en Madrid; un antidivo que sostiene que Iniesta es una versión evolucionada de sí mismo; un futbolista que, sin ser excelso en ninguno de los puntos cardinales del fútbol, es la brújula del equipo. Y Messi, un habitante perpetuo del patio del colegio; un argentino sin regates verbales que prefiere expresarse en el campo; una sonrisa cuya chispa enciende el roce del esférico.
Tres. Si el Balón de Oro se cayera de su pedestal, todos sabrían controlarlo, como se insinuó maliciosamente sobre algún premiado anterior. Ninguno lo despejaría. Porque, probablemente, se pondrían a jugar.