Quizá Miguel Ángel Jiménez es el último golfista de nuestra época, de nuestra escuela. Los que empezamos siendo cadis jugamos luego de una manera muy natural. Sabemos muy bien lo que hacemos dentro de nuestro estilo. Él se conoce a sí mismo, y eso le permite competir con tanta tranquilidad. El rendimiento de Miguel con 46 años asombra. Hay jugadores que se desarrollan pronto, como la mayoría ahora, con 22 o 23, y tienen carreras de 10 o 15 años antes de perder el espíritu o la frescura.
Jiménez empezó a estar con los mejores a partir de los 32 años, y eso lo mantiene así de bien. Lo vemos con el puro, con tripita y campechano, pero tiene una enorme flexibilidad, una condición muy importante para el golf, un deporte que no exige correr o hacer esprints. Además, entrena mucho, trabaja la técnica, da muchas bolas, intenta ser mejor. Dentro del aspecto psicológico, en el campo disfruta y se recrea, a diferencia de otros profesionales que, hasta cuando están jugando bien, van apretando los dientes. Son factores, todos ellos, que contribuyen a que su carrera se alargue.
En esta Ryder Cup lo vimos dar golpes propios de un jugador con mucha intuición, hecho a sí mismo, y que quizá otro golfista, con un aprendizaje más reglado, no se atrevería a intentar, como su salida de bunker en el hoyo 15 frente a Watson. Me alegró su triunfo en el individual, posiblemente en su última Ryder Cup. Espero que no lo sea, porque tiene cuerda para meterse incluso en otra más. Recordemos, entre los grandes récords de la época moderna, que Jay Haas jugó con 50 años la del 2004 en Oakland Hills.