La final de Hamburgo será recordada de manera especial por los seguidores del At. Madrid, pero también por los demás aficionados. Resultó un partido incierto hasta el último minuto de una prórroga en donde la emoción corrió a caño libre. Cumplió con los cánones exigidos en una final de fútbol.
Pocos partidos pueden calificarse de alta calidad. Por lo general, los aficionados acuden a los estadios llevados por su sentimiento hacia su equipo. Después, si gana el de uno, este sale del campo feliz, sin analizar si el mal juego fue nota influyente en el encuentro. En el fútbol, ganar lo tapa todo.
Ayer, una vez más caí en esa cuenta al leer el titular con el que La Voz abría la sección de Deportes: «El Atlético, campeón a su manera». Dicho con esa claridad, el lector que no hubiese seguido el partido por la tele se percataba al momento de que el equipo español (capaz de lo mejor, como también de llevar a sus seguidores a la decepción) se había mostrado en esa línea de las dos caras frente al Fulham. El Atlético ganó sin superar a su rival más que a ráfagas, igual que hizo su adversario.