Todo cambia para seguir igual. Un año después, la Liga española tiene el mismo campeón de invierno e incluso repite el subcampeón. La clase media puja por no empobrecerse y los desheredados, o recién llegados a la categoría, opositan sin desmayo para volver a Segunda. Más o menos como siempre.
Solo los 260 millones de euros empleados (faltaría más) parecen empeñados en atentar contra el dominio del Barcelona, de uno de los pocos proyectos para los que el estilo es innegociable. El deseo viaja por delante de una realidad marcada por los nombres propios de Xavi, Iniesta o Messi, los mismos protagonistas de la última sesión. O el pep team lo disimula muy bien o no se intuye el fin de ciclo. «El Barça ya cansa», bromeaba Lotina antes del enfrentarse al Sevilla en la Copa del Rey. Nadie le ha dedicado un mayor elogio.
La alternativa no ha encontrado la brújula, pero se ha encomendado a la nueva galaxia para poner en aprietos al campeón. Nadie parece entender que la clave reside en encontrar un adecuado gestor de grupos. Lo hizo Joan Laporta, en el mayor acto de sensatez de su mandato, y lo han encontrado el Mallorca y el Deportivo. Porque, cada uno a su manera, Manzano y Lotina son dos de los grandes triunfadores de la primera vuelta, los responsables de que sus equipos coqueteen con Europa; como Caparrós y esa sorprendente fusión con el Athletic.
Cambian los protagonistas, pero lo que permanece inmutable es el Atlético. Carne de diván, el Pupas purga sus desvaríos en la mitad de la tabla, lejos de lo que prometen sus dirigentes y cerca de un desastre que, como a otros muchos, dejaría en evidencia las tropelías económicas de una competición empeñada en vivir por encima de sus posibilidades. Como siempre.