Decía George Best: «Gasté un montón de dinero en coches, alcohol y mujeres, el resto simplemente lo malgasté». Dice Guardiola: «Siempre digo a las generaciones de fútbol base que se miren en Iniesta porque no usa pendientes, no se tiñe el pelo, no lleva tatuajes... Pero todos saben que es el mejor». Entre ambas reflexiones, un abismo gris. El eterno dilema de los genios y sus vidas reprobables o ejemplares. De aquellos que quieren mirar en el espejo del deporte buscando cierta perfección y se encuentran con retratos nada complacientes del ídolo de turno. En la cumbre del fútbol, que siempre tiende al exceso, los sueldos son estratosféricos. Los egos, difíciles de domar. Los deslices, con top models . Los accidentes, con coches de lujo. Para los tahúres del tapete verde el precio es mayor en todos los sentidos. El del futbolista. Y el de la fama. El jugador estrella es una marca. Un producto que se vende a multinacionales. En el que se piden que bailen juntos el talento y la ética. Pero la música la pone el dinero.