Messi, que ayer recibió el Balón de Oro como premio a su gran temporada pasada, vive días de vino y rosas. Todo son alabanzas para un futbolista al que la mayoría tilda como el mejor del mundo. Pero en contra de lo que todos creen, Messi se encuentra en un momento delicado de su carrera. Y trascendente.
Su actitud ha cambiado. Y es necesario que la recupere para no dejar de ser el mejor del mundo, condición que se arriesga a perder por culpa de la confusión en la que está inmerso. Como Cristiano Ronaldo o Rivaldo, Messi es un producto del fútbol moderno. Jugadores que dependen del equipo y que necesitan que les den el balón con ventaja para poder decidir. Son capaces de influir en el resultado, pero no en el juego colectivo.
La prueba más clara está en su diferencia de comportamiento según juegue en Barcelona o en Argentina. Con su club proyecta la imagen de un futbolista fantástico, que marca diferencias. Con su selección, sin embargo, tiene la misión de hacer jugar al resto y demuestra que no es capaz de llevarla a cabo.
Los síntomas del nuevo Messi son evidentes y pueden deberse a una mala digestión del éxito. Frente a su gran aportación a lo largo de la pasada temporada, en esta, aunque sigue siendo decisivo, rompe con frecuencia el guión y la posición y aparece en zonas del campo en las que cortocircuita a los demás. Antes participaba del colectivo, ahora es individualista. Considera que ha adquirido un estatus en el que no tiene que respetar los patrones del grupo.
Olvida que su condición de fenómeno se la debe al Barça, necesita del Barça para seguir a un nivel tan alto y últimamente no ayuda a mejorar el fútbol de su club. Podríamos decir que es un gran crac relativo. El año pasado puso sus condiciones al servicio del resto y en este pretende lo contrario: aprovechar las virtudes de los demás en su beneficio.
A su lado tiene futbolistas que son ejemplo de lo contrario: Xavi e Iniesta hacen grande al equipo sin reclamar protagonismo. Gracias a ellos Messi pudo alcanzar el nivel que le ha dado el Balón de Oro. Sin embargo, parece que la llegada de Ibrahimovic alteró los equilibrios en el seno del Barça y tocó su ego, un verso suelto que en realidad no sabe masticar las jugadas tal como el juego del Barça requiere. De seguir así, podría recordarnos el caso de otro gran jugador que pasó por Barcelona. Ronaldinho no supo digerir tanto éxito tan pronto. Si Leo no es capaz de entender que su grandeza solo la encuentra en el fútbol del Barça, es posible que tengamos que conformarnos con su versión en la albiceleste.
Quizá la ayuda le llegue a través de Guardiola, un técnico formado, inteligente y sensible. Ronaldinho cayó en dos días desde lo más alto por su conducta y el entrenador debería encontrar la vía para solucionar este problema. Su edad, no es excusa. Se trata de un joven jugador mayor que ya lleva mucho tiempo en el panorama futbolístico. Messi reivindica todo el protagonismo, pero eso solo vale para afrontar encuentros menores, porque ante los grandes no es suficiente. No es casual que el mejor encuentro del Barça esta temporada haya sido el que recientemente disputó ante el Inter. Messi no jugó.
Por el bien del fútbol, ojalá que Leo se dé cuenta de que su importancia depende de la importancia de los demás.