«El teatro de los sueños». La leyenda, en su versión inglesa, figura a la entrada de Old Trafford, producto del ingenio de Sir Bobby Charlton. Juan Antonio Anquela (qué también fue futbolista y marcó unos cuantos goles) fundó ayer su particular escenario para imposibles. Nada que envidiar al formidable estadio del Manchester United: un Bernabéu a reventar -los ¡33! no convocados por Anquela no encontraron sitio en la grada- presenció un fenomenal ejercicio de defensa y fe a cargo de catorce chicos llegados del extrarradio de la capital.
El Real Madrid, con su Kaká, su Higuaín, su Van Nistelrooy y su Raúl, fue incapaz de superar el bochornoso ejercicio de la ida y, entre silbidos y abucheos, se despidió sin olerlo de uno de los tres títulos a los que se había declarado aspirante. En el camino lo dejó tirado el sexto clasificado de uno de los cuatro grupos de Segunda B. Un Alcorcón que interpretó a la perfección el partido y amortizó sus cuatro goles de ventaja para volverse con dos de sobra en la hucha, porque el gran despliegue ofensivo de Pellegrini no dio el menor resultado.
Apenas hizo falta una dosis de suerte al inicio de cada parte y un Juanma con imán para los pocos balones que no escupió el palo o acabaron en la grada. El portero de los amarillos completó ante más de 80.000 espectadores el recital ofrecido hace un par de semanas para apenas 4.000. En los primeros diez minutos de partido le sacó una a Van Nistelrooy y otra a Arbeloa mientras los alcorconeros aguantaban en pie la acometida blanca. Si los de casa pretendían tirar la Copa en favor de otros títulos mayores, supieron disimularlo. Como estaba previsto, desde el primer instante encerraron al rival en su área. Y como era previsible, la intensidad del acoso fue mermando con el tiempo.
Tímidas contras visitantes
Arbeloa, un lateral contemporizador, de los que apenas pierden la posición, se convirtió ayer en extremo permanente. Con Albiol, Pepe y Lass eran suficientes para frenar los tímidos intentos de los de Anquela por acercarse a Dudek. Borja, el autor de dos de los tantos de la ida, se desfondó corriendo en pos de los balones que achicaban sus compañeros en defensa.
Si en el Santo Domingo brilló el ataque amarillo, en el Bernabéu fue la zaga la que lució por encima del resto, dirigida por un Nagore que siempre le ganó la partida a Van Nistelrooy, al que pesan los años y la falta de continuidad por las lesiones. Un Madrid acostumbrado en los últimos tiempos a ganar por vía anímica, pagó la falta de un centro del campo con luces para surtir balones a los cuatro hombre en punta. Pellegrini escoró a Lass hacia el lateral derecho y entregó la medular a Diarrá, inoperante, y Gago, tremendamente fallón. El argentino equivocó todos sus pases.
Comprobada la inutilidad de un pivote defensivo en un encuentro como el de ayer, Diarrá se quedó en la caseta en el descanso para hacer sitio a Van der Vaart. Los primeros silbidos acompañaron a los blancos en su camino al vestuario. Los pitos crecieron hasta alcanzar el «fuera, fuera» tras fracasar la nueva acometida, en el inicio del segundo tiempo. Esta vez, la carga incluyó un chut al larguero de Van Nistelrooy, un cabezazo alto de Pepe y un clarísimo tres para dos que Van der Vaart desperdició con un pase a nadie.
El holandés cometió un error tras otro hasta que encontró la forma de batir a Juanma, con un buen tiro desde la frontal. Para entonces se habían esfumado ya ochenta minutos, el Alcorcón se había sacudido el acoso y el público había mostrado su enorme cabreo aplaudiendo a Borja (madridista confeso) en su retirada y jaleando «Guti, Guti», como agravio a Pellegrini, peleado con el jugador. Olvidaba la grada que el desencuentro nació con el infame partido del rubio en la ida. En el campo de Santo Domingo. Donde empezó a forjarse la gesta del Alcorcón.