El triunfo de la constancia y el tributo a la memoria del Chava

DEPORTES

28 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El dedo índice señalando al cielo. Los pies en la tierra. Y el gesto de rabia. Con un deje de felicidad y otro de amargura. Así cruzaba Carlos Sastre Candil (Leganés, 1975) la meta de Alpe d'Huez. Sastre corre con una sombra a sus espaldas. El recuerdo de su cuñado, el Chava Jiménez. Su antítesis vital. Los fuegos de artificio frente a la templanza. La locura ante el sosiego. Dos caras del ciclismo. Una mezcla que estaba llamada a la turbulencia emocional. «Es la persona que más me apoyó, la que más me enseñó, y también la que más me ha hecho llorar», confesaba el ganador del Tour al borde de las lágrimas vestido ya de amarillo.

Sastre siempre dice que lo ha pasado mal en la vida. No le cuesta reconocerlo. Lo asume con naturalidad. Esa es la semilla de un semblante muchas veces taciturno. El pasado. Pero también ha sido su combustible. Se fue curtiendo, ganándose un sitio en el pelotón poco a poco. Hormiga frente a otros con espíritu de cigarra, fue limando puestos en la general del Tour pacientemente, edición tras edición. Asegura que «la constancia» es su secreto. «Los entrenamientos de toda la vida». Ayer, con 33 años, culminó su escalada.

«Yo no valgo»

Todo era muy distinto en el 98, cuando debutó como profesional. Tras la segunda etapa de la Midi Libre de aquel año Sastre se tumbó unas horas sobre la cama. Era su primera temporada como profesional. Respiró hondo. No podía ni quitarse las zapatillas. Estaba «muy malito». Se dijo: «Yo no valgo, esto no es pa mí». Es día comprendió que había que luchar. Se había formado en la escuela ciclista que fundó su padre, Víctor, en los años ochenta en El Barraco, Ávila, donde celebran como propios los triunfos de Sastre.

Aterrizó en las categorías inferiores del Banesto, el equipo de sus sueños. Pero fue un idilio fugaz. En la formación no retuvieron al corredor, una decisión que todavía lamentan hoy en el Caisse d'Epargne. Sastre fichó por el gran rival, el Once de Manolo Sáiz. No reniega de su etapa con Sáiz ni cuando los más amarillistas se le lanzan a la yugular. Dice que de él aprendió «qué es el ciclismo».

Tres años después Bjarne Riis decidió incorporarlo a su equipo. Sastre se fue al CSC «en busca de más libertad». Allí trabajó para Tyler Hamilton y Basso. Pero siguió avanzando puestos, convirtiéndose en un top ten habitual en París. Hasta que por fin, en esta temporada, Riis puso la formación a su disposición para asaltar el Tour. «Esa carrera es mi vida, me lo juego todo a una carta», señalaba en primavera.

Cuando apuraba los últimos metros de la crono decisiva, Sastre volvió a elevar el índice hacia el cielo para celebrar, con los pies en la tierra, el triunfo de la constancia.