A todas las estrellas les llega su declive. También a Shaquille O'Neal, heredero del trono de jugador más decisivo de la NBA tras la retirada de Michael Jordan. Tres lustros después de su impactante aparición en la mejor Liga del mundo (92-93), el paso del tiempo y las lesiones han hecho mella en el gigantesco corpachón de 215 centímetros y más de 150 kilos. Las estadísticas de Shaquille están en el punto más bajo de su carrera y su juego, antes decisivo, se hunde en la mediocridad de su equipo, los Heat de Miami.
Todas las miradas de la pésima campaña de los Heat (penúltimos clasificados), al margen de Pat Riley (presidente, mánager y entrenador) están puestas en Shaquille O'Neal, el símbolo del declive de un equipo que hace menos de dos años conquistó, por primera vez en su historia, el anillo de campeón de la Liga. Entonces, Riley despidió a Van Gundy y volvió a sentarse en el banquillo. El creador de los prodigiosos Lakers del showtime de la década de los ochenta preveía buenos tiempos, pero un año y medio después, su equipo atraviesa la peor crisis de su corta historia.
Lejos de sus cifras
La temporada pasada, Miami se clasificó para los play off , aunque cayó en la primera ronda por un concluyente 4-0 frente a los entonces emergentes Bulls de Chicago. Ahora, de nada vale la excusa de la lesión de una de sus estrellas (Dwyane Wade) en el inicio del torneo o los problemas físicos que todavía arrastra en el hombro. Riley reunió en Miami a Shaq y Penny Hardaway, la pareja que compartió vestuario en sus inicios en Orlando, al que incluso llevó a la final. Demasiado tarde. Penny nunca ha alcanzado el estelar nivel que se esperaba y Shaquille O'Neal está lejos de las cifras que han adornado su carrera. Shaq juega 29 minutos por partido, anota 13,9 puntos y captura 7,9 rebotes. Muy lejos de los 25,6 puntos de promedio de su carrera o los 11,5 rebotes. Pero, sobre todo, unas estadísticas que no le hacen acreedor a un contrato que le reportará 20 millones de dólares por temporada hasta el final de la campaña 2009-10, cuando el pívot tendrá ya 38 años.
Riley ha recordado el excepcional palmarés de O'Neal: mejor novato (1992-93), dos veces máximo anotador de la Liga (1994-95 y 1999-2000), mejor porcentaje de tiro en nueve ocasiones; mvp de la NBA en el 2000 y el 2004, y campeón de la Liga en cuatro ocasiones, tres con los Lakers y una con Miami. Mal asunto cuando su valedor apela al respeto.
Lo cierto es que con el lento e inexorable ocaso de O'Neal se extingue una raza de grandes pívots inigualable, el último eslabón de una cadena que comenzó con Chamberlain y continuó con Jabbar, Olajuwon, Ewing, Alonzo Mourning (todavía en activo en Miami) y O'Neal. Nadie, ni siquiera el físico más imponente de la historia del baloncesto, resiste el paso del tiempo. Lo anunció el diario de Miami Nuevo Herald cuando apenas se habían disputado diez jornadas: «Nadie le puede ganar la batalla al tiempo y la edad nunca ha perdonado ni a los más grandes atletas de la historia. Y Shaq lo ha sido.