Ni rastro del «jogo bonito»

José M. Fernández REDACCIÓN

DEPORTES

PAULO WHITAKER

Brasil gana Australia y se clasifica para octavos, pero sufre frente a un rival que desperdició las ocasiones más claras

18 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Invicto, imbatido y en octavos de final como líder de su grupo, si es que no sufre una improbable debacle en la última jornada. Brasil, el pentacampeón y favorito al título, confirmó los pronósticos, pero su juego no ha despejado ni una de las dudas que planteó en su debut frente a Croacia. La discreta Australia, valiente y sin complejos, desnudó todas las carencias de una canarinha irreconocible que resolvió con una gol de Adriano en el inicio de la segunda parte. Fue el único chispazo de una selección triste, desdibujada, sin orden ni equilibrio y que se encomienda al talento de sus figuras. En el tramo final, con los australianos quemando sus naves, Fred resolvió definitivamente el partido. Tan contundente como injusto. Si los brasileños decepcionaron frente a Croacia, lo de ayer en Múnich fue aún más preocupante. Físicamente, ofrecen tantas dudas como su juego, parsimonioso y contemplativo. Adriano y Ronaldo emitieron algún signo de recuperación, pero muy lejos aún de lo que se había anunciado como el dúo ofensivo más letal del Mundial. Emerson destruye pero no canaliza, Zé Roberto corre sin crear y a los antiguos laterales-extremos les falta fuelle para parecerse a los de Corea. Así las cosas, Brasil descansa en la inspiración de un Ronaldinho que tampoco se parece al que deslumbró en el Barcelona y en un Kaká que sigue siendo la mejor opción canarinha . Ni siquiera ante la modesta selección australiana, un equipo ordenado, a la europea y moldeado por el hábil Hiddink, pudo Brasil resarcirse de su triste debut mundialista. Cierto, prácticamente monopolizó el balón durante la primera parte, pero, sirva como dato, remató menos que su rival. Por tradición, por potencial y porque Australia es claramente inferior, Brasil llevó el peso, pero sin chispa. Un monólogo desafinado de un grupo de nombres que contenían la respiración cada vez que Australia lanzaba un contraataque. Sin complejos Adriano celebró el nacimiento de su hijo con un gol en el comienzo de la segunda parte. El festejo, lo mejor de la canarinha hasta entonces. A partir de ahí, el equipo de Hiddink perdió por completo los complejos. A Bresciano se le hizo de noche antes de llegar al mano a mano con Dida, un par de minutos después Kewell, con toda la portería para él, envió el balón al cielo alemán. No fueron los únicos sustos. Mientras Brasil optaba por dejar pasar el tiempo, Australia se daba de bruces con el infortunio, o con su propia escasez de calidad en los últimos metros: Viduka y de nuevo Kewell y Bresciano enviaran al limbo tres clarísimas ocasiones. La fortuna de Brasil, el haberse topado con un Kewell y un Viduka que poco tienen que ver con los jugadores que deslumbraban en el Leeds United hace poco más de un lustro. Si el fútbol es cruel con los que perdonan, lo es aún más con los débiles. Y Australia, en el intercambio de golpes, recibió el tanto definitivo en la última contra. Brasil sumó un triunfo que no oculta sus problemas para gobernar el juego ni mucho menos resuelve las dudas sobre la capacidad física de un grupo por el que los años no pasan en balde. Desde luego, nada que ver con el poderío argentino. Eso sí, el talento sigue intacto. De eso vive.