El número uno mundial insinuó su posible ausencia en Augusta por el cáncer que sufre su padre. La víspera de su último torneo del circuito americano se marchó a cuidarle
02 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.«Puede que en los próximos torneos me tome un respiro, todo dependerá de la salud de mi padre». Pese a las dudas alimentadas durante The Players, Tiger Woods iniciará el jueves su Masters más duro. Porque jugará de nuevo con la preocupación añadida por el delicado estado de salud de su padre, que lleva dos años de lucha contra el cáncer. Ya en la anterior edición, sufrió a distancia y echó a llorar durante su discurso oficial por el sufrimiento de su progenitor, que siguió el torneo desde el hospital. «Pensar en mi padre me ha dado un poco más de fuerza para vencer», señaló entonces. Para el número uno mundial, su padre también es la persona que diseñó toda su carrera desde que percibió una señal al verle agarrar unos palos en el garaje de su casa apenas con nueve meses. Earl Woods, militar retirado, le puso Tiger a su hijo en memoria de un combatiente de la Guerra del Vietnam. Y ya a los tres años lo mostró jugando con los palos en el show de Bob Hope en la televisión. A los 74 años ya no se ocupa directamente de la carrera de su hijo, al que entrenaron Butch Harmon en su primera etapa triunfal y Hank Haney desde mediados del año 2002. Muchos analistas no ven a Woods al nivel de otros años. Y el calvario personal que sufre puede afectarle. La víspera de The Players se marchó a California a arropar a su padre. Después, finalizó en el vigésimo segundo lugar, a quince golpes del canadiense Stephen Ames. Woods no es el único invitado al Masters que sufre el drama del cáncer. Precisamente Ames, de 41 años, tenía previsto acudir esta semana de vacaciones a Trinidad y Tobago, donde vive parte de su familia, junto a su mujer, Jodi, y sus hijos. Su esposa se recupera de una operación en la que le fue extraído medio pulmón. Y aún no anunció si jugará el Masters, para el que consiguió la invitación la semana pasada. «No entraba en mis planes, pero ahora quizá sí. Me sentaré con mi familia y decidiré qué hacemos, pero si soy sincero preferiría irme dos semanas de vacaciones». El jugador canadiense jugó el último Open Británico pendiente de la operación de su mujer al otro lado del Atlántico. «Cada vez que me plantaba delante de la bola decía ''¿ahora qué carajo de golpe juego?''» Porque el cáncer golpea al golf como a cualquier otro ámbito. Otro maestro, el norirlandés Darren Clarke, compartió con Woods la experiencia sufrida en sus carnes hace quince días, cuando coincidieron en Florida. El propio Tiger dijo haber jugado más cómodo con el británico, cuya esposa también sufrió esa enfermedad. «Compartir el juego con Darren ha sido muy positivo para mí, porque hablamos mucho durante el recorrido», explicó Woods. El jueves comienza el Masters, con la mente en su padre.