Ronaldo, que reapareció, marcó el tercer gol del partido
04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Sin necesidad de meter una marcha de más, sin presionar como en partidos anteriores, el Madrid vivió, ante un paupérrimo Espanyol, su noche más cómoda en mucho tiempo y se gustó de principio a fin. Lo hizo fácil y bonito, combinando el toque corto con el pase largo, con constantes cambios de dirección y sutilezas de un Zidane que definitivamente ha vuelto. El francés anotó dos goles magníficos de ejecución e hizo fluir el fútbol como sólo lo hacen los genios. También sobresaliente en sus subidas estuvo Cicinho, a quien seguro se criticará cuando el Madrid tenga enfrente a un rival de verdad, de los que obligan a defender a muerte. Otra buena noticia para el Madrid, que ya encadena siete victorias consecutivas -cuatro en Liga y tres en Copa- fue la reaparición de Ronaldo, que marcó de cabeza tras un mes en el dique seco. No intervino mucho, pero cada vez que entró en contacto con el balón buscó el gol. Ya lleva diez en catorce partidos. El recital del Real Madrid, empero, no debería desatar la euforia porque se produjo frente a un adversario inexistente. Blandos, sin tensión y sin fe, los de Lotina parecieron derrotados de antemano. Se limitaron a observar cómo la tocaban los blancos de un lado a otro, a su antojo, haciendo encaje de bolillos. Sólo reaccionaron cuando, con 1-0 en contra, Mejuto González perdonó la expulsión de Gravesen por soltar una patada absurda cuando ya tenía una amarilla. ¿Hubiera cambiado el partido la roja al danés incontenible? La sensación es que hasta con diez los madrileños se hubieran lucido. También protestaron De la Peña, cuando Lotina lo quitó, e Ito, porque pensó que las bicicletas de Robinho eran humillantes. En su primera llegada, los blancos marcaron. Empezó la jugada Robinho por la izquierda y la terminó Guti, anticipándose por el centro, tras un pase de Beckham desde la derecha. Tan ingenuo era el Espanyol que sólo Gravesen hizo casi más faltas que todos los visitantes en el primer tiempo. Tantas que se ganó con creces la expulsión que, incomprensiblemente, el árbitro asturiano le perdonó. El Madrid, que ya debió sentenciar antes, cerró el triunfo en el tramo final de la primera parte, merced a dos genialidades de Roberto Carlos y Cicinho, definidas a la perfección por Zidane, pese a que el balón le botó mal, y Ronaldo, de cabeza. Poco cambió el panorama en la segunda mitad, ya con Pablo García en lugar de Gravesen y abierta con otro soberbio detalle de Zidane, eso sí, sin que nadie lo inquietara. Recibió un balón, se lo picó levemente y lo cruzó, lejos del nervioso e indeciso Gorka, desde fuera del área. A partir de ahí, el equipo blanco pensó en el futuro y, aunque Cassano lo intentó, no hizo más sangre en un rival amigo.