Golpes en propia meta

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN

DEPORTES

| Otro episodio violento en el fútbol Hinchas de Chacarita la emprenden con los jugadores de su equipo en pleno partido, a imitación de los sucesos protagonizados por los ultras del Atlético y del Valencia

29 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

El barrio porteño de Chacarita alberga un cementerio de diez mil hectáreas en el que duerme Carlos Gardel, y un equipo de fútbol que llegó a ser campeón de Argentina y que cumplió este mes noventa y nueve años. De vez en cuando, los hinchas del tricolor se ponen bravos y deciden que ya es hora de que todos los ídolos se reúnan bajo tierra. Ayer, llegaron a la conclusión de que ir cayendo por dos a cero ante un equipo llamado Comisión de Actividades Infantiles en Segunda División y con riesgo de perder la categoría era el colmo. Por eso, retomaron su vieja voluntad (aparcada antes en dos ocasiones) y comenzaron por apalear a sus propios futbolistas y desvestirlos a punta de navaja. La cosa quedó ahí porque la policía le echó pelotas, de goma, aunque a discreción y resultaron heridos agresores y agredidos. Los gases lacrimógenos tumbaron al que se tambaleaba y el campo lo fue de batalla desde los veinte minutos de la primera parte. La guinda: el campo de San Martín estaba clausurado, pero se reabrió nadie sabe por qué. El postre: al Club Atlético Chacarita le apodan el Funebrero. Queda todo dicho. Argentina es paradigma de desorganización en la lucha contra la violencia en el fútbol, con acciones que pretenden ser curativas en lugar de preventivas. En España, se encarga de ello la Comisión Antiviolencia, salvo injerencias del Comité de Competición. Por ello, los violentos lo son de guante blanco, mucho más preparados y civilizados. En Sudamérica es tradición que las barras bravas o torcidas organizadas (ultras, al fin y al cabo) se presenten en el entrenamiento de su equipo para chantajear a quien deberían animar. En España, los radicales del Real Madrid y del Valencia quisieron sumarse a la moda, pero se quedaron a medias en el tirón de orejas: pancarta y cánticos. Más allá fueron los del Atlético de Madrid, que el día 19 echaron abajo una valla e interrumpieron un entrenamiento rojiblanco para amenazar a César Ferrando y a los jugadores colchoneros. La Guardia Civil tuvo que intervenir para que los futbolistas pudiesen abandonar el recinto deportivo. Hace ocho días, los cuatrocientos policías destinados a velar por la seguridad en el derbi valenciano tuvieron un desliz. Permitieron que los integrantes de la peña radical ché Yomus bloquease la salida de Mestalla para retener a los jugadores del Valencia «por mercenarios». Marchena, Xisco, Albelda, Corradi y Baraja tuvieron que pactar su libertad. Y eso que menos de una semana antes ambas partes habían mantenido una reunión forzosa en Paterna por decisión unilateral de los ultras. La temporada pasada, el Real Madrid de Carlos Queiroz comprobó el carácter de sus hinchas más radicales, que se presentaron en el entrenamiento con una gigantesca pancarta que reforzaron con insultos. Tantos que el club decidió realizar una concentración en la Manga del Mar Menor para preparar el siguiente encuentro de Liga. Los ataques de los ultras a los futbolistas de su propio equipo no pierden vigencia. Que se lo pregunten a Lussenhoff y Marioni, que se liaron a golpes con los tinerfeñistas en el año 2002, o al Toro Acuña, que respondió a patadas las agresiones de los zaragocistas más violentos en el mismo final de Liga.