Los granates encadenaron el segundo triunfo con los guipuzcoanos.
03 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.De improviso, el Pontevedra se marcó un partidazo en Ipurúa, el campo de uno de los aspirantes al ascenso, y logró engarzar, por primera vez en la temporada, una racha de dos victorias seguidas. A base de fe, determinación y juego, el cuadro granate fue capaz de superar un gol en contra en el arranque y una expulsión justo antes del descanso para rescatar tres puntos que le permiten seguir creyendo en sus remotas opciones de ascenso (1-2). En los cómics americanos hay a veces supervillanos que han sufrido enormes males en su niñez -una terrible descarga eléctrica, una explosión nuclear- y que, con ello, ganan poderes de los que se valen para cosas como, póngase por caso, dominar el mundo. Algo de eso tuvo que pasarle ayer al Pontevedra, que llegaba a Ipurúa con un buen catálogo de miserias -una trayectoria nefasta, una defensa mil veces parcheada, su sequía goleadora-, y, sin embargo, fue capaz de traspasarle al Eibar la misma ponzoña que lo hizo colista. Y más difícil no se lo pudo poner el cuadro vasco: en el inicio de sus partidos -a lo mejor sólo fue casualidad, una cosa del día-, suena por la megafonía Atomic, uno de los himnos nuevaoleros de Blondie, y así salen al campo los azulgrana, enchufadísimos, en tromba. Esos fueron los momentos en los que pareció que la cosa no iba a salirse del cauce previsto. El Eibar dominó y puso los pelos de punta al Pontevedra con poco más que balones al área de un Moso algo desnortado. En una mala salida del portero, que despejó mal una falta de Kike Mateo, consiguió Manuel marcar de rebote. Aún no había pasado ni un cuarto de hora de partido, y el aspirante al ascenso ya mandaba en el marcador. Ahí apareció el mutante que a veces parece llevar dentro el Pontevedra, que ha ganado sus dos últimos partidos en inferioridad y en ambientes rarísimos, hipertensos. Diez minutos después del tanto local, Alves sacó una falta contra la barrera, la bola se quedó enredada en los pies de los defensores y Oskitz, inocentemente, viendo que Capdevila podía llegar al balón, que estaba ya en el área, metió el pie, cometiendo penalti. Javi Rodríguez lo marcó con enorme aplomo. Pero el asunto debía tener aún más chicha. El partido parecía irse ensuciando, llenándose de interrupciones, paradas y voleones -apenas Javi y Silva pusieron el peligro las porterías rivales-, cuando Asier Salcedo cometió el pecado de agarrar levemente a Silva en un contraataque. La pelota casi se escapaba al fondo, pero el árbitro fue implacable: enseñó al lateral granate la segunda amarilla, y lo echó. Quedaban cinco minutos de la primera parte y toda una segunda que se hizo interminable. El Pontevedra estuvo ahí a punto de perder los nervios, pero el árbitro le hizo el favor de mandarlo a descansar. Salieron ambos conjuntos del vestuario, curiosamente, como si les fuera la vida en el envite -y a los visitantes ciertamente les iba-, y se intercambiaron cordialmente ocasiones con sus porteros como estrellas: en un minuto, por ejemplo, se vio a Moso repeler junto al palo un disparo de Llorente en la misma área pequeña, aprovechando una pifia de Vázquez; y a Iraizoz, en la jugada siguiente, hacer un paradón a disparo de D'Amico, casi a puerta vacía, desperdiciando una buena jugada de Charles y Alves por la derecha. Capdevila pudo remachar, pero sigue algo escamado con eso de hacer goles. De nuevo fue un error bastante tonto del Eibar el que dio al Pontevedra razones para seguir creyéndoselo. Charles, que corrió como un loco durante todo el partido, apuró al máximo un balón que Manel protegía para que se perdiese por la línea de fondo. El lateral zurdo eibarrés, desafortunado, se cayó, y acabó agarrando de las piernas al brasileño, probablemente fuera del área. Javi Rodríguez, como quien hace de forense, marcó el tanto sin despeinarse desde el punto de penalti. A partir de ahí, el delirio. El Eibar se enfrascó en su circulación, siempre horizontal, y el Pontevedra se encerró, confiándose en su siempre temerosa defensa, que ayer hizo casi el partido de la temporada. En consecuencia, las mejores ocasiones fueron del cuadro que iba por delante: Capdevila falló la ocasión de su vida ante un Iraizoz batido; Javi remató mal un centro fortísimo de Vázquez. Los locales acabaron por intentarlo casi desde el medio del campo, pero no lo consiguieron ni de lejos. Puede que tarde, o puede que no, pero el Pontevedra acababa de firmar un partidazo.