Ni rastro del Deportivo

Alfonso Andrade Lago
Alfonso Andrade ENVIADO ESPECIAL A MONTECARLO

DEPORTES

Dos goles del Mónaco en los primeros nueve minutos atascan a los coruñeses y evidencian su incapacidad de respuesta cuando el partido se tuerce

28 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Luna llena dibujada en el cielo de Montecarlo, como aquel 5 de noviembre. Mal presagio para supersticiosos. Y los hay... Muy cerca. Corren tres. Quizá cuatro. Valerón no mete el pie. Sergio da vueltas alrededor de sí mismo y de un largo período de mediocridad. Andrade sigue en la Eurocopa. La defensa hace aguas, y el equipo... ¡Ay, el equipo! El equipo no muerde. Mal augurio en el 4. Zarpazo letal en el 9. Apenas unos minutos bastan para comprender: nada se aprendió hace un año en el Louis II y este Dépor no tiene respuesta para la actitud de un rival agresivo. Las camisetas naranjas pueden volver a las tiendas. La apatía desactiva la lucidez colectiva y el Dépor embalsama su creatividad. En el saco de los méritos, una tonelada de imprecisiones. Hasta que revienta con el chut de Saviola. Esparcidos por el césped, restos inequívocos de mediocridad de lo que hace poco era el terror de Europa. El Dépor está de psicoanalista, pendiente de cita en lo del doctor Mauro. Un ataque del rival y chirrían los goznes defensivos. Un gol y el equipo se cuela por el agujero negro y pierde la noción del tiempo hasta la tragedia. Primer cuarto de hora. Al menos demuestra que sabe tocar el balón. ¿Por qué ahora, con el partido entregado en diez minutos de pícnic? Diez minutos de brazos caídos, de fútbol degradado y escaso amor propio que, un año más, premia la intensidad y las contras del Mónaco (56% de posesión para los coruñeses en el primer tiempo). Media hora. Poco consuelo pensar que hace un año a estas alturas ya iban cuatro. Porque cuando sube Maicon y conecta con Kallon los postes cierran los ojos y se preparan para el impacto. ¿Será gol? Sergio recibe balones y devuelve plátanos (al rival). Poco recupera y lo pierde casi todo. Correr, corre, ¿pero hacia dónde? Una desgracia sin relevo natural en una plantilla descompensada. Alberto de Mónaco no bailó tanto esta vez. Quizá por compasión. Tampoco lo hicieron Raúl y Morientes, los de las risitas en la grada. Ya bailan lo suficiente en el Real Madrid. Pero la vergüenza en A Coruña es parecida. La intensidad es esa virtud que debe sacar al Dépor del pelotón de los mediocres. Sustraer al equipo de su abulia de decisión, revestir de acero su frágil cuerpo de cristal y devolver el color a su fútbol en blanco y negro. Con 0-2, el Mónaco y espera a un adversario previsible. Tan previsible que no hay rival en el mundo que no ponga a alguien sobre Vallerón. Anoche, Zikos, del triple pivote monegasco. Y a aguantar, porque sin Valerón no hay fútbol, ni bandas, ni ocasiones, ni goles. La sequía corroe los labios del Dépor que todavía no ha marcado en la Liga de Campeones. Luque dio otro aire, más velocidad. ¿Pero qué tal con dos delanteros? El Mónaco, con el partido en ventaja mantuvo tres en el campo. Desde su fútbol enmarañado, el Dépor engrosa ahora el montón de los que no quieren ser del montón. Es un hecho. Y si no hay fútbol, al menos que haya ocasiones de gol, aunque sea por una vía más directa. No hubo humillación del Mónaco, pero la sensación que queda es que sólo porque el adversario se conformó y no quiso.