Los «azzurri» quieren sacarse la espina de la Eurocopa del 2000, donde cayeron en la final, y lograr un título que no ganan desde hace 36 años
10 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Italia, la eterna favorita, necesita una satisfacción. En las dos últimas grandes citas del fútbol mundial, esta selección se ha encontrado con dos situaciones inesperadas y ha comenzado a manejar una vocablo que siempre había cedido gustosamente a sus rivales: fatalidad. En la final de la Eurocopa del 2000, cuando se comenzaba a escribir el nombre de la nazionale en el palmarés del torneo continental, Francia logró el empate en el último minuto. Después de ese inconveniente inesperado, la lógica futbolística forjada partido a partido, dictaba que los italianos se impondrían en la prórroga. Pero los galos reventaron la lógica con un gol de oro. En los octavos del Mundial del 2002, el árbitro, en una decisión sin precedentes, optó por fomentar la supervivencia de la anfitriona Corea en detrimento de los azurri . El corazón del calcio todavía no se ha repuesto de estas inesperadas puñaladas y clama venganza. Su sed sólo se sacia con trofeos. Pero el fútbol italiano, que regularmente engorda las vitrinas de sus clubes, suma ya más de veinte años sin cristalizar su potencial con un título de su selección. El Mundial 82 queda muy lejos. La Eurocopa de Portugal es la última oportunidad para una generación de jugadores que merodean la treintena, como Alessandro del Piero, y que no han llegado a saborear la felicidad completa con la camisola azzurra. Y eso es un agravio para el aficionado italiano, que vive con pasión desmedida los avatares de su combinado nacional. Trap, que utiliza un 4-4-2, admite que no está dispuesto a asumir riesgos y que antepondrá el resultado por encima de todo. Nada nuevo bajo el sol italiano. Uno de sus seguros de vida será Buffon. El juventino está dispuesto a emular las heroicidades protagonizadas por Toldo en el torneo continental del 2000. Delante del que muchos consideran el mejor del portero del mundo se situarán Nesta y Cannavaro, centrales con suficientes credenciales para que los tifosi no lloren el adiós de Maldini. Previsiblemente, Trapattoni poblará la zona ancha de perros de presa que destruyan las intenciones ofensivas del rival. La inspiración de esta máquina engrasada por el oficio quedará reservada a Totti, elevado a los altares del balompié mundial en los últimos tiempos. Él tiene el puesto asegurado (no así Del Piero). Italia necesita su visión de juego. Y también el olfato implacable de Vieri. Todo invita al éxito, excepto los precedentes más cercanos. Pero la historia, la misma que parece empujar a España hacia el desagüe en los cuartos, suele sacar a flote a la azzurra .