El arbitraje de Téllez impidió a los celestes luchar por el triunfo
11 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Los empates en una semana son un escaso bagaje para salvarse pero ayer el celtismo despedió con aplausos a su equipo a pesar de seguir inmerso en zona de descenso. La salida viguesa al campo no tuvo nada que ver con la de anteriores partidos en Balaídos. Hasta en el calentamiento parecía existir un alto grado de compañerismo que hacía transmitir buenas vibraciones. Según el balón echó a rodar, los celestes mostraron un motor a reacción que les hacía circular a doscientas revoluciones por encima de lo normal. Esta actitud en esta temporada sólo se asemeja a la que los célticos tuvieron en sus partidos como locales en la Liga de Campeones. Carnero y Sáez para su estreno ante la afición viguesa dispusieron el mismo esquema que en San Mamés pero con matices de protagonistas. Mostovoi y Milosevic recuperaron sus puestos naturales y Ángel e Ilic fueron los damnificados. El Celta era más ofensivo aunque careció de una oportunidad clara. Caparrós planteó un partido de contención y contraataque con Baptista en una posición adelantada. Los andaluces se aproximaron a la meta de Cavallero en un centrochut de Antonio López que se estrelló con el poste. Esa fue la única acción en la que trataron de salir de su cueva. Hasta su portero Esteban perdía tiempo en los saques viendo la notable diferencia de ritmo entre sus compañeros y el rival. Lo hizo bien el meta porque el rival debí bajar su acelerón de adrenalina y ansiedad. En acciones a balón parado como en sendos remates de Berizzo creó peligro pero ya no presionaba tan arriba como al principio. Antoñito comenzó a disponer de huecos y sus puerta atrás resultaban inquietantes. Más temores surgieron cuando el colegiado Téllez Sánchez encorajinó a los locales al no expulsar a Baptista, que ya tenía una amarilla, por un pisotón a Méndez y provocar con una serie de faltas sin señalar que los celestes perdiesen por momentos los papeles. La tensión subió hasta el punto de que los célticos se encaraban desde el campo hasta con el banquillo sevillista. El descanso desenchufó la alta tensión vivida, luego el mismo causante, el árbitro, la reactivaría. Para el segundo tiempo las actitudes seguían siendo similares. El Sevilla actuaba de frontón y atascaba la buena circulación del balón que originaba el canterano Borja Oubiña. Entonces como no pasaba nada, volvió Téllez Sánchez. Expulsó a José Ignacio por su primera patada y posteriormente perdonó la expulsión, por segunda amarilla a Casquero. El Sevilla debía estar con nueve y sin embargo gozaba de superioridad. Con este panorama hasta el empate parecía un mal menor. Los sevillanos no aprovecharon su oportunidad pero el Celta tampoco tuvo capacidad para más. El sufrimiento continuará.