El principal artífice del mejor equipo de la historia del balonmano, seis veces ganador de la Copa de Europa, deja un club que ha perdido su hegemonía incluso en España
04 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Fiel, a veces cruel y, sobre todo, triunfador. Valero Rivera es el espejo en el que se miran todos los entrenadores de balonmano del mundo. Sus setenta títulos y sus veinte años al frente del Barcelona, el mejor equipo de la historia de este deporte, lo avalan. Pero la presión de una mala temporada y la aparición de contrapesos tan fuertes como el Ciudad Real han acabado por doblegarlo: a final de curso dejará un puesto que, en principio, ocupaba a perpetuidad. Rivera (Zaragoza, 1953) llegó al Barcelona en 1966, con sólo 13 años, y se recorrió de abajo a arriba el organigrama del Palau: jugó en las categorías inferiores del equipo, pasó pronto a la primera plantilla, con la que ganó tres Ligas y dos Copas, y, a los pocos meses de retirarse, en febrero de 1984, debutó como técnico en una situación delicada. El zaragozano pagó la confianza ganando una Copa y una Recopa, y su contrato de seis meses se prolongó hasta ahora. Bloque mítico Si algo ha sabido administrar Rivera es su plantilla. Cuando llegó al equipo, se encontró con una muy buena generación de jugadores, y apostó por su continuidad. A la primera generación la siguió la de los Urdangarín, Garralda, Masip, Svensson o Barrufet, todos captados por Rivera, con la que el Barça se convirtió en el mejor equipo de la historia, por encima de mitos como la Metaloplástica o el Magdeburgo. En los últimos años, Rivera ha renovado casi por completo a ese bloque mítico, dando entrada en el equipo a jugadores como O?Callahan o Nagy. Pero lo que quizá ha perdido últimamente es su capacidad de fichar cada año al mejor jugador de Asobal. Hasta ahora, todos querían pisar el vestuario local del Palau: ahora, la tentación de conjuntos como el Ciudad Real y la política de Joan Laporta han recortado notablemente la capacidad de maniobra del técnico. Serio y extremadamente justo, hasta sus jugadores talismán, como Enric Masip, han reconocido que el genio de Rivera les ha pasado por encima en más de una ocasión. Las agarradas más famosas las tuvo el técnico aragonés con Garralda, un lanzador al que sacó del anonimato para convertirlo en todo un referente. En el 2000, acabó marchándose del Barça meses después de renovar por ocho temporadas. Lo hizo harto de la severidad de su técnico. La boda Su carácter quedó probado en el episodio más tormentoso que vivió el equipo, con el anuncio del compromiso de boda entre Urdangarín y la infanta Cristina: Rivera blindó a su plantel, aclaró las cosas con sus capitanes y llegó a dejar al lateral vasco fuera del equipo en un par de encuentros, porque, con el ajetreo, no había entrenado lo suficiente. La fórmula triunfal de Rivera ha sido estudiada incluso en facultades de Administración de Empresas, pues su palmarés es difícilmente comparable. Hombre récord, ha ganado cerca de setenta títulos, entre ellos seis Copas de Europa y doce ligas Asobal. En el 2000 vivió su gran año: los azulgrana ganaron las siete competiciones a las que se presentaron. Pero ahí comenzó el declive. Rivera se retirará meses después de haber conseguido la primera Copa EHF que obtiene el Barça, que llenó así el último hueco de su vitrina. Pero este año al conjunto catalán le faltarán, con toda seguridad, trofeos que casi mantenía en propiedad. Y el entrenador ha dicho basta. «Me he dado cuenta de que los momentos buenos cuentan menos que los malos. Uno no puede trabajar sin parar y sufrir», dijo en su despedida.