Llega el séptimo de caballería

M. Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

Un americano de origen ucraniano que practicó el atletismo, colecciona obras de Dalí y triunfó en el Palamós como técnico y presidente, aparece como salvador del club

15 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Tiene el Racing de Santander su particular mister Marshall? ¿Es Dimitri Piterman el amigo americano? ¿Trae debajo del brazo el pan que promete? Habrá que esperar. De momento, ha asumido el control de la entidad verdiblanca tras adquirir el 25% de las acciones. Y, siguiendo su filosofía, se da por hecho que asumirá a corto plazo el cargo de presidente; a medio, el de entrenador; a largo, el de rey, Puede decirse que es uno de esos personajes que alimentan el mito del sueño americano. Al menos del sueño económico. Piterman nació en Odessa, emigró con su familia a Estados Unidos a los 14 años, se nacionalizó y fraguó su fortuna a la sombra del Tío Sam . Pero entre el niño de entonces y el magnate de los negocios inmobiliarios y de hostelería de ahora media el Piterman que ejerció de sanote chico de buena familia según el canon estadounidense: atleta y estudiante de Economía Política en Berkeley. Ya entonces mezclaba el dólar y el deporte. Destacó en triple salto y longitud, pero no tanto como para superar las pruebas clasificatorias para la Olimpiada de Barcelona 92. No lo consiguió después de prepararse en Santander mientras su mujer estudiaba en la Universidad Menéndez Pelayo, pero siempre recuerda que en 1990 coincidió con José Manuel Abascal. Tras la fallida experiencia olímpica, la familia Piterman decidió ampliar sus horizontes, viajó a la Costa Brava y se quedó a vivir allí en Tossa de Mar con sus dos hijos. De paso, entrenó al equipo local, que jugaba en Segunda Regional. Entonces le picó el gusanillo del balón, comenzó a llamarle fútbol a eso del soccer . Y decidió salvar a un moribundo Palamós. Se convirtió en el máximo accionista del decano de los equipos catalanes en el 99, sumido en una grave crisis que le había arrastrado a Tercera. Su objetivo, ascenso sin desmanes: «Jugar en Primera y liquidar la deuda de 100 millones de pesetas con la Liga». El débito, a pesar de ser 150 veces menor que la deuda del Barça y bastante menor que la de Valencia o Dépor, amenazaba la existencia del club. En Cataluña pronto se ganó el título de «Gil y Gil de la Costa Brava». Sobre todo cuando empezó a decapitar entrenadores. Pero los seguidores creyeron que incluso había superado los meneos de banquillo del mandatario del Atlético de Madrid cuando, cual Napoleón futbolístico con ínfulas de estratega, se autonombró técnico sin ni siquiera contar con un título. Roberto Aldabert, Robi, uno de sus colaboradores, se convirtió en su fachada legal. Mientras la grada hablaba de autoritarismo y el Comité Catalán de Entrenadores acusaba al estadounidense de usurpación de puesto de trabajo, el Palamós iniciaba su resurrección. Dimitri hizo que se disiparan las dudas con resultados deportivos... y económicos. Porque se saldaron las deudas con los futbolistas y los trabajadores del club, para los que cobrar al día volvió a convertirse en una rutina. Todos acabaron apoyándole. Hasta los jugadores, a pesar de vivir en una concentración perpetua en apartamentos propiedad del propio mandatario, que controlaba su dieta y su estado de forma. Entre partido y partido, Piterman acude a Christie's y Sotheby's, donde ha pescado muchas obras de Dalí. Tantas como más de cuatrocientas entre grabados y litografías. Tantas como crear un fondo de obras. Demasiadas como para no reclamarlas después de cedérselas al Museo Municipal de Tossa de Mar. Si el millonario deja alguna deuda pendiente, es con el Ayuntamiento de Tossa, que cerró su restaurante Samba y Gol. Una anécdota para el irresistible ascenso de mister Piterman.