Dos tormentas y un gran ridículo

Mariluz Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

12 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

El Barcelona comenzó el entrenamiento matutino de ayer sin Louis Van Gaal. Falsa alarma. Simplemente llegó tarde. Le pilló una tormenta en medio de la autopista por la que se traslada diariamente desde Sitges al Camp Nou. Al holandés se le acumulan los chaparrones y eso que todavía no ha llegado el otoño. A la segunda, fue la perdida. El técnico barcelonista superó la prueba de fuego de la fase previa de la Champions League, donde no cabía la eliminación. Pero los vientos han comenzado a soplar en la Copa. El técnico se apresuró a explicar antes del encuentro ante el Novelda que una derrota entraba dentro de lo posible. Y, tras el desastre, aseguró que todo había sido fruto de errores individuales. La conclusión, que sus jugadores, como todo el mundo, son humanos y, por ello, cometen equivocaciones. Pero el entrenador no parece asumir su propia condición de humano al no hacerse responsable del desbarajuste. De un equipo que parece condenado a seguir siendo una ensalada de estrellas mezcladas con escaso gusto. Y que algunas incorporaciones de esta comienzan a hacer aguas cuando el conjunto sólo ha afrontado cuatro partidos oficiales. Robert Enke, uno de los fichajes de Van Gaal, se erigió en protagonista negativo y en cabeza de turco para sus propios compañeros. A los astros del Barcelona los tumbó Madrigal, un goleador con apellido de campo de fútbol cuya habitación es un santuario blaugrana. Y que cenó pizza con sus dos compañeros de piso tras el triunfo. Un tajo a la yugular de la prepotencia procedente de la otra cara del barcelonismo. Van Gaal se defiende con un «no es ridículo, estas cosas pasan». Lo extraño es que le suceda por segundo año consecutivo al Barcelona. Aunque a los seguidores culés quizás lo que no les resulte sorprendente es que la debacle se produzca con el hombre positivo en el banquillo. Las comparaciones siempre son odiosas, pero sólo basta mencionar otro nombre para acentuar la crítica: Víctor Muñoz.