El ciclista estadounidense se pasó dos terribles años peleando contra el cáncer, fue despedido por su equipo y llegó a pensar en dejar el deporte 2 líneas
24 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.La devastación absoluta del cuerpo de Lance Armstrong y su milagrosa reconstrucción componen una de las aventuras más hermosas de la historia del deporte. En realidad, ha tenido dos vidas. Una comenzó el 18 de septiembre de 1971 en Plano, un villorrio de Dallas. Allí nació Lance, un bebé grandote de ojos azul grisáceos, que jamás conoció a su padre biológico, pero que quedó marcado por sus genes: los de un superdotado físico. Nadador, ciclista y corredor, a los 17 años ya era uno de los mejores triatletas de EE UU. Y a los 21, daba un golpe de mano en Oslo y le chuleaba el campeonato del Mundo de ciclismo al mismísimo Miguel Induráin. Ahí concluye la primera vida de Armstrong. La de un mocetón algo soberbio y «bocazas» (lo dice su madre) y bendecido por la naturaleza. La segunda vida comienza el 2 de octubre de 1996. El ciclista se encuentra en sus paisajes sureños, preparando la temporada. Desde hace unas semanas viene sufriendo migrañas, alguna pérdida de visión y hasta un vómito de sangre. No le da importancia: los ciclistas, como decía Induráin, tienen muy alto «el umbral del dolor». Pero aquel 2 de octubre se despertó con otra molestia. «Tenía un testículo del tamaño de una naranja pequeña». Esa misma tarde, después de un entrenamiento dificultoso, acude al médico. «Padeces un cáncer testicular con amplia metástasis en los pulmones». Armstrong, un joven dios del deporte, balbucea incrédulo su deseo de solicitar un segundo diagnóstico. El médico vuelve a hablar con solvencia gélida: «Puede hacer lo que quiera, tiene derecho. Pero yo estoy seguro de lo que digo y he pedido quirófano para amputarle el testículo mañana a las siete de la mañana». Armstrong pasa por los bisturíes en la Universidad de Indiana. El oncólogo Craig Nichols le dice que su esperanza de vida frente al cáncer es del 40%. Mintió: «Las verdad es que sus oportunidades no pasaban del 5%». El cáncer corría por todo su cuerpo: "Tenía dos tumores cerebrales como pelotas de golf y varios en los pulmones". El primer golpe de choque fue cortar: perdió un testículo y le abrieron la cabeza. Después, llegaron las brutales sesiones de quimioterapia. Una vez más, el oncólogo Nichols esbozó su plan de manera descarnada: «Te voy a matar con quimio . Cada día te mataré. Y luego voy a hacer que resucites. Pero al final no podrás ni andar, tendrás que volver a aprender a caminar de nuevo». Armstrong congela su esperma, porque sabe que el tratamiento lo volverá estéril. Después comienza la guerra, que se desarrolla en su cuerpo. Se pasará dos meses vomitando y dos años semiencamado. Pierde 9 kilos y cuando vuelve a la calle, su cara es un papiro traslúcido. Pero en principio, ha derrotado al cáncer. «La enfermedad me volvió un hombre más inteligente y centrado. Siempre llevaré encima la lección del cáncer; hoy, antes que nada, siento que soy miembro de la comunidad de los enfermos».