En uno de los Mundiales más mediocres de la historia, es lícito pensar que ganó el menos malo: Brasil. Sin embargo, se puede considerar también que si existe un Dios en el fútbol (ése al que rezaban los pentacampeones) dedicó parte de su día de descanso a hacer justicia. En el mundo del balón, los favores divinos van en consonancia a las ofrendas. En unos tiempos en los que el balompié adolece de ídolos y libertad, Brasil regala fútbol de ataque. De ataque al corazón. La canarinha apuesta por el desorden, pero bendito sea. Nada mejor para un espectador saturado de cuatro-cuatro-doses , sufridor en silencio de entrenadores que se empeñan en ser carceleros de talento, que ponerse en la piel de Scolari y comerse los puños porque su equipo no sabe defender y los centrales aparecen en el área pequeña rival en cuanto uno se descuida. En sus oraciones, Lucio y compañía agradecieron que el Fútbol premiase a la selección que más goles marcó, que más gambeteos brindó a la galería y que pusiese en el camino de Brasil a los dos equipos más preocupados por la defensa (Inglaterra y Alemania) para castigarlos con la derrota. Lo de Ronaldo juega fuera de concurso en el terreno emocional. Desde la banda clavó sus ojos en los de la torcida. Y las lágrimas cómplices de ambos hicieron del fútbol algo más que un deporte, y de la televisión algo más que un simple medio de comunicación.