DEPORTIVO
08 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.A finales de noviembre del año pasado, Palermo celebraba un gol en el campo del Levante en un encuentro de la Copa del Rey. Se acercó a la hinchada del fondo, se fundió con ella en un abrazo, y la presión de quince personas bastó para empujar el pequeño muro sobre la pierna del jugador, que se fracturaba así la tibia y el peroné. Decía adiós a la temporada y a la camiseta albiceleste en el Mundial de Japón y Corea. Con el tiempo se habló menos del «pobre loco» y más del pobre Villarreal que, sin el argentino en el terreno de juego, hacía un mal juego y peores resultados... crisis. Palermo se operó cuando su equipo era noveno en la Liga y mantenía la estela de los «equipos Uefa». Desde entonces, dos victorias, tres empates y cinco derrotas. ¿Podía afectar tanto la ausencia de un jugador en una disciplina colectiva? Sí en el caso de Palermo. Su baja destapó las verdaderas carencias que el Villarreal estaba atravesando. Jugadores como Víctor, Jorge López, Unai y Cagna proporcionaban un rendimiento inferior al de la anterior campaña. Con Palermo, el técnico del Villarreal emuló a Cúper, se cargó la transición del centro del campo y redujo la esencia del fútbol a un pase de la defensa al argentino, y que éste se las viera con el portero rival. Así, cuando Martín sufre su grave lesión, Víctor Muñoz inicia una nueva pretemporada. Confía en dos delanteros rápidos (Víctor y Craioveanu) y afronta de esta forma cinco partidos de los que sólo suma un empate ante el Espanyol en El Madrigal. El buen juego reaparece. Ante el Barcelona estrella seis balones a los palos, pero las derrotas inoculan el nerviosismo en la localidad de la cerámica. La llegada de Pizzi calma las primeras voces contra el entrenador. Pizzi ocupa la referencia ofensiva dejada por su compatriota lesionado. Al mismo tiempo, Sergio Ballesteros apuntala con contundencia la defensa amarilla y el Villarreal empieza a dar otra imagen. Fueron necesarias ocho jornadas para que el Villarreal volviese a celebrar una victoria. Fue el 27 de enero ante el Tenerife. Esta semana repitió mérito ante el Mallorca con el mismo resultado (2-1), pero durante algunos minutos, El Madrigal volvió a dar muestras de su impaciencia. Y si en casa los triunfos llegan con angustia, lejos de Castellón no se consiguen desde hace una vuelta completa, precisamente en Mallorca en la quinta jornada del campeonato. La estabilidad ganada con Calleja y Ballesteros ha animado a Muñoz a devolver un efectivo al centro del campo y recuperar la fe en el 4-4-2 al que traicionó varias jornadas. Y todo por el muro del campo del Levante.