El Deportivo se rinde en Riazor

Alfonso Andrade Lago
ALFONSO ANDRADE A CORUÑA

DEPORTES

DEPORTIVO Con un gol en contra y un expulsado a las primeras de cambio, el Deportivo remontaba el encuentro frente al Alavés la temporada pasada, desplegando un juego exquisito que encandilaba al fútbol español. ¡Qué lejos está de la forma de entonces este Dépor que cayó anoche frente a los vascos víctima de sus propias limitaciones! Las mil aproximaciones de entonces se quedaron reducidas ayaer a alocadas acometidas, tardías y sin precisión.

03 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

La alopecia de ideas que acompaña al Dépor fuera de casa contaminó Riazor en el primer tiempo, lo suficiente para que el Alavés cobrase la ventaja que supo conservar hasta el final. No hay que engañarse, el equipo lleva diez partidos sin jugar a nada y se veía venir que, antes o después, llegaría el susto en casa. Ese fútbol espeso que exhibió ante el Figueres y el Valladolid -por ejemplo- fue el que le impidió quitarse de encima a un rival únicamente pegajoso, que hace unos meses habría sido pasto de los tiburones en fuedo coruñés. Es cierto que faltó suerte para empatar en los minutos finales, pero qué pobre bagaje la igualada en casa para un conjunto de esta calidad, sorprendido a base de casta. Nada más. En el trapecio del arte no se columpió esta vez Djalminha. El brasileño dejó su talento para Arabia, donde explicará con su selección qué es una bicicleta. ¿Y Valerón? ¿Qué ha sido de su fútbol champagne? Además, la zaga rival fue el calabozo donde Tristán, renegado del área anoche, esperó en solitario el cambio durante muchos minutos de infernal condena, bajo la custodia de Téllez y Coloccini. También el gol dio calabazas a Makaay, pésimo. No se trata sólo de un jugador. Es como si todo el Deportivo, con la enorme calidad que atesora, se hubiese olvidado de jugar. Los controles son imprecisos y no se trenza una jugada rápida, los pases tardan en salir y, cuando parten al fin en busca del delantero, esa imprecisión impide que alcancen su objetivo. Cuesta entender cómo un equipo tan técnico es hoy tan ramplón. Hay que decir también que el Alavés, con la aquiescencia de Turienzo Álvarez, llevó el partido a su terreno: el patadón y la presión. Con armas tan rudimentarias, obligó al Dépor a rifar el balón. Por cierto, que Irureta se desesperó con Héctor y Makaay, pero suyo es el planteamiento con el holandés como extremo. Víctor entró tras el descanso para dar otro aire a la banda. La reacción llegó muy tarde.