FÚTBOL / DEPORTIVO El cinco a uno de Londres no tuvo nada que ver en esto. No fue nada personal. No fue una venganza y ni siquiera se sirvió en frío. Fue otro triunfo con alta temperatura en los dos territorios favoritos del Deportivo en los últimos tiempos: Riazor y la Liga de Campeones. Al cuadro coruñés le bastó con apelar al presente y olvidar el pasado. Por eso se cayó el Arsenal (2-0), porque se encontró con el Dépor de aquí y ahora.
21 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Y porque el conjunto de Arsene Wenger demostró -sobre todo en el primer tiempo- que lejos de Highbury Park su supuesta consistencia en el centro del campo y su mordiente ofensiva bajan muchos enteros. El encuentro comenzó con las piezas de ambos conjuntos extrañamente colocadas sobre el tablero verde. Las bandas no se reconocían a sí mismas porque Irureta decidió zanjar el dilema de la semana con una alineación salomónica: Makaay y Tristán juntos, Víctor por la izquierda y Amavisca, en el banco. Wenger también agitó los flancos para situar a Pires primero por la derecha y después en centro. Pero el cuadro de Javier Irureta cortó cualquier posible sensación de desconcierto con el mejor argumento. Nada de remontadas. Un pase de Valerón inició el primer bombardeo atacante en toda regla sobre la portería de Wright. Y los blanquiazules se cobraron el primer tanto, obra de Makaay. Cuando los visitantes todavía no se habían creído la situación, Tristán marcaba el 2-0 y empataba con el holandés en una jugada aparentemente inofensiva pero rematada con un disparo envenenado convertido en mortal por Wright. Con dos tantos de colchón, los blanquiazules subieron el nivel de presión sobre el rival, que no existió ofensivamente. La defensa deportivista, bastante adelantada, comprimió el juego hacia el terreno contrario. El Arsenal se encontró con la muralla invisible del fuera de juego, construída a la perfección por Naybet y Donato. De hecho los fuera de juego se convirtieron en la única estadística relevante de los Gunners en ataque durante el primer periodo. Conclusión: la nada. Fue lo que existió en el territorio comprendido entre la pareja de centrales y el guardameta del Dépor en los primeros 45 minutos. El símbolo de la impotencia franco-inglesa, un Thierry Henry que en ese espacio de tiempo sólo logró una tarjeta amarilla por disparar intencionadamente a la grada. Tras la reanudación Wenger intentó poner cierta lógica en sus bandas. El Deportivo perdió por problemas físicos a los dos delanteros de la afortunada discordia, cedió parte del timón en la zona ancha y cedió balón, terreno y alguna que otra oportunidad. Demasiado tarde. Al Déporque le bastaba con administrar rentas. Porque Riazor ya había demostrado en sólo media hora que no respeta la historia.