A la caza de Zizou y compañía

M. FERREIRO A CORUÑA

DEPORTES

KOPA

TERESA HERRERA

09 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Doscientas personas y muy poquito de Zidane. En el recibimiento al Real Madrid se echaban de menos las camisetas de la madre de todos los fichajes futbolísticos. ¿Dónde estaban las referencias a Zinedine Zidane? Mejor verlo en persona. Por lo visto la mercadotecnia madridista no surtió el efecto esperado en A Coruña. Alguna elástica de Guti, de Figo. Y también sin números, que es difícil decantarse por uno con tanta estrella en el equipo. Lo que sí que había era alguna que otra colorista toalla con motivos marinos y alguna que otra pala de juguete, porque para algunos el recibimiento del equipo madrileño fue la estación de paso entre la playa y la cena. Pero en realidad había hambre de imágenes y autógrafos y el Real se hacía esperar. «¿Vienen de Santiago?», preguntaba un señor a un empleado del hotel. Crece la expectación porque se divisa el esperado autobús. Delante del hotel se para un Rolls. ¿Será Florentino? ¿Será Valdano? No, nada de famosos dirigentes merengues. Hay que esperar. Pero por fin llega la expedición madridista. Primero salió Fernando Hierro como una exhalación y cogió su bolsa del maletero y comenzó la avalancha. Aplausos y bravos. Y en el momento la entrada parecía una especie de pequeña pasarela improvisada el día de los Oscars, pero con aficionados españoles y celebridades con ropa de deportes. Eso sí, algunos subieron las escaleras con cara de máxima concentración, que no hay hincha pequeño y el partido no acaba hasta que se llega a la habitación. Zidane, que esbozó media sonrisa, y Raúl, más serio, disfrutaron de un marcaje especial, un tipo que ahuyentaba a seguidores, a periodistas y al que hiciera falta. Pocos autógrafos Los jugadores del Real Madrid no se prodigaron en lo de los autógrafos. Y es que faltaba Roberto Carlos -convocado con la selección brasileña- un prolífico repartidor de firmas entre los fans del club. La espera ante los ascensores produjo el atasco y el consiguiente asalto del público en su último intento. Empujones, que si «disculpe Figo, una foto», que si «mira las gafas de Helguera»... Al final, escaso el botín. Pero mientras la expedición blanca cenaba, unos veinte irreductibles montaban guardia fuera del hotel con la esperanza de ver algún millonario del balón. El fútbol también es así.