LA PUNTILLA
09 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Presidencia de honor. Vitalicia, para más inri. Justo premio a Juan Antonio Samaranch. O no. Sólo es necesario hacer un rápido repaso de su gestión. Supo darle al movimiento olímpico el toque de modernidad que precisaba. Recuperó tres ingredientes básicos: dopaje, corrupción y negocio. La Atenas de hace dos milenios pasó definitivamente a la historia. El español (aunque pese) supo utilizar el espíritu del olimpismo para promocionar su buena vida y la de sus adláteres. No prescindió de nada: regalos suntusos, becas a sus hijos, billetes de avión para todos, dinero en metálico... No era necesario dar buena imagen. Entonces, alguien osó pedir explicaciones sobre la hacienda privada de Samaranch. La reacción fue la esperada: lavatorio de manos (y de conciencia). Fuera los que molestan. No se casó con nadie. Le faltó habilidad a Juan Antonio para perpetuar el negocio. Hubiese sido el pelotazo del milenio. Sin embargo, el destino ha sido justo con él. Presidente de honor. Por los servicios prestados.