DEPORTIVO
08 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La cabra flipó. La cabra iba todos los domingos al fútbol y comenzaba a pillarle el hilo al asunto, pero lo que vio en aquella tarde azul de calor desbordó sin duda su corta lógica caprina. Primera anomalía: el estadio atestado, 33.000 personas en Riazor. Segunda rareza: el partido se detuvo al minuto de juego, cuando una llamarada mordió el flanco izquierdo del voladizo de Preferencia. Tras un milagroso desalojo sin incidentes, el juego estuvo parado 49 minutos. Tercera anomalía: al final del partido la cabra se extravió, arrastrada por una ola de júbilo loco, con lágrimas justificadas, risas flojas, invasión de campo, robo de red y paseo a hombros de un emocionado señor de pelo gris. Decíamos que la cabra acudía cada domingo al estadio; y es verdad. Era la mascota de una jocosa peña de hinchas filibusteros y el portero le franqueaba la entrada sin problemas a una zona de césped entre las gradas de General y Preferencia. Hoy, en los tiempos de la tele codificada y la súper-seguridad, tanta tolerancia suena a coña. Pero el deportivismo era por entonces una pasión más bien familiar: poco más de siete mil socios, una buena deuda y la losa de 18 años paseándose por coliseos como Ipurúa y el Muro de Zaro de Avilés. Y sin embargo, todo estaba a punto para la gran eclosión: había una parroquia de chavales dispuestos a aplaudir hasta los fallos (los Blues), había un presidente astuto, había dos futbolistas llamados a la élite (Djukic y Fran) y, sobre todo, había un entrenador con la cabeza abarrotada de sentido común. Es probable que aquel 9 de junio de 1991 Arsenio viviese el momento más feliz de su carrera. Así lo certificó su emocionadísimo abrazo a Lasarte (un central-guadaña al que la grada joven animaba con el grito socarrón de «¡Lasarte, reparte!»). Arsenio había sufrido callado en el banco de Riazor. Tres años atrás lo habían ido a buscar a Santiago, donde preparaba en Tercera al Compos. En su primer año de regreso coló al Deportiviño (aún no había Súper Dépor) en la semifinal de la Copa. En el segundo año lo llevó a la Promoción. Y en la tercera campaña acababa de ascenderlo. Difícil firmar una hoja de servicios mejor. Pero en la grada baja de Tribuna habitaba un pequeño crepúsculo de irascibles. Su pasatiempo dominical era insultar al míster de Arteixo, al que tildaban de defensivo (¡el Dépor era el equipo más goleador de la categoría!). Así que, nada más culminar la gesta, Arsenio comunicó aquella noche que se retiraba. Lo hizo con una velada alusión hacia el sector que le había chillado durante tres años: «Mucha gente habló contra mí más de la cuenta. Estoy muy cansado hombre...». En aquel adiós también dejó constancia de su gracejo. «Míster, ahora le pondrán una calle en Coruña, ¿no?», preguntó con candor el querido Lolo Gantes, que hoy cubre los partidos en la liga del cielo. «¿Una calle? -respondió Arsenio- Bueno hombre, no sé, habría que ver si cuentan con suficientes apoyos en el pleno del ayuntamiento, ¿no?». Arsenio volvería para regalar la época de fútbol más vistoso de la historia del Deportivo (la videoteca no miente: hoy, cuando prima el resultadismo en el juego blanquiazul, asombra ver la velocidad, el ritmo y la intención con que jugaba el Dépor de Bebeto, Aldana, Claudio...). Legionarios y clase ¿Era un buen equipo aquel Deportivo que derrotó por 2-0 al Murcia? Era una mezcla de legionarios y chavales con clase, con algún bául por medio. Djukic, que había llegado un par de meses atrás y necesitaba intérprete, asombraba por su sangre fría. Fran ya era un fenómeno (como ahora, pero con diez años menos). Gil comía millas por los costados (expresión de Arsenio para las bandas) y aún daría gasolina al Celta. Albístegui y los gladiadores Kanatlarovsky y Lasarte se apañaban para contener al rival. Stoja acribillaba arriba y José Ramón todavía alimentaba el debate sobre si era mejor o peor que su hermano Fran. Aquel plantel modesto permitió a la hinchada bautizar la fuente-tótem de Cuatro Caminos. «¡Barça, Madrid, ya estamos aquí!», se cantó con mucha risa cervecera. Pensaban que era una broma. Y estaban telegrafiando un futuro impensable: el título de liga.