«¡Campeones!», clamó la grada

RAFA CARPACHO A CORUÑA

DEPORTES

XURXO LOBATO / C. QUIÁN / XOÁN A. SOLER

La cosa se empezó a cocer de mañana, porque estos asuntos de Ligas y tí­tulos van despacio. Al mediodía ,a nueve horas del comienzo del partido, los atascos en los aledaños de Riazor ya eran de campeonato. Los aficionados blanquiazules, con bufandas, camisetas, gorros y lazos blanquiazules, comenzaron a invadir la zona. Los aparcamientos cercanos estaban ya casi colapsados.

20 may 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Iban apareciendo los primeros autocares de aficionados que llegaban de lejos de A Coruña, como por ejemplo un par de buses de León. Otros vinieron de más lejos, como un aficionado que llegó desde Tampa Bay (Florida), o un británico que residía en A Coruña y que se desplazó desde su país natal para presenciar el encuentro. Era una premonición de la fiesta que se viviría al finalizar el último partido de Liga entre el Deportivo y el Espanyol. Muy pocos creí­an ya en las traicioneras meigas.Por la tarde, el ambientazo era de los de época. Buena parte de los comercios optaron por cerrar sus puertas antes de la hora fijada. El deportivismo tocó a rebato. Consigna: llevar cualquier distintivo blanquiazul encima. Camisetas, gorros gigantes, bufandas... Sea lo que sea. Los mercadillos de artÃículos blanquiazules, apostados casi desde la madrugada, hací­an su agosto en pleno mayo. Los apasionados optaron por los disfraces, como un veterano hincha, vestido de arriba a abajo con una tela azul en la que se podía leer la leyenda: «Ni de Madrid, nin de Cataluña, a Liga é da Coruña».Un par de horas antes de que el colegiado madrileño José Marí­a Garcí­a-Aranda Encinar pitase el inicio del partido, Riazor se convirtía ya en una bombonera. Fuera, las hormigoneras no dejaban de tocar su estruendosas bocinas. Los autocares de los dos equipos las pasaron canutas para acercarse hasta la puerta de los vestuarios. El Dépor salía a calentar en loor de multitudes. Los deportivistas que no se vistieron de corto, como por ejemplo Ramis, contemplaban tensos en la banda a sus compañeros. El Espanyol, atónito por el ambiente, entre una sonora pita.A las nueve menos diez, no cabía ni un alma en el estadio. Una estampa para la historia. Los jugadores, tensos, se retiraron a los vestuarios entre otra sonora ovación, con el público de tribuna, por ejemplo, puesto en pie. Los pitos los volvieron a escuchar los espanyolistas. Precisamente, un periodista catalán que cubre la información de los periquitos había «amenazado» a los futbolistas catalanes con publicar la dirección de todos ellos y sus teléfonos en su periódico «si les fastidiáis la fiesta a esta gente».Ya en el túnel de vestuarios, los once elegidos por Javier Irureta para el asalto final recibieron su primera ovación. Los periodistas y empleados allá­ apostados aplaudieron a rabiar a unos jugadores con rostro serio, pero a la vez confiado. «Vamos a ser campeones», gritaron varios de los futbolistas en el momento de subir las escaleras al césped. Carlos Ballesta, entrenador del Compostela y ex técnico deportivista, trataba de sonreír y hacer así­ un regate a los nervios.La afición recibió al equipo en pleno éxtasis. El griterí­o era ensordecedor. Casi tanto como el que se viviría a los dos minutos, con el primer gol de Donato. La grada botó, hizo la ola, gritó el «¡campeones, campeones!»... En el palco, las lágrimas comenzaban a brotar. Roberto Veira, consejero deportivista, se vino abajo. Su cara estaba totalmente bañada en lágrimas. El partido pasó a un segundo plano. Sólo la posible jugada del penalti a Tamudo enmudecía por unos segundos el coliseo blanquiazul.Pero aún habrí­a más. El segundo tanto, obra de Makaay, hizo estallar la locura. Nadie creí­a ya que la Liga se iba a escapar de A Coruña. Los gritos de «¡Dépor, Dépor!» no iban a cesar hasta el final del encuentro. Varias bengalas el club podría ser multado por ello iluminaron la grada. Los últimos minutos del partido fueron de éxtasis blanquiazul. Los cuerpos de seguridad se las veí­an y deseaban para frenar a periodistas y aficionados, a pie de campo. Los suplentes contemplaban el partido abrazados, entre el juez de línea y la lí­nea de cal. El banquillo estaba invadido de periodistas. Irureta y Melo vieron el final juntos, codo con codo. Garcí­a-Aranda pitó y comenzó la fiesta.