Otra historia de la España democrática: así es la nueva exposición del Museo Reina Sofía

Tamara Montero
tamara montero MADRID / LA VOZ

CULTURA

Una mujer pasa frente al retrato pop de Carmen Polo que hicieron Costus en 1978
Una mujer pasa frente al retrato pop de Carmen Polo que hicieron Costus en 1978 Fernando Sánchez | EUROPAPRESS

El museo reabre su cuarta planta armando un proyecto expositivo que entremezcla múltiples relatos y voces desde 1975 hasta la actualidad, incluyendo una sección para el grupo Atlántica y otros artistas gallegos

16 feb 2026 . Actualizado a las 16:45 h.

Manuel Segade señala Documento nº ... de Juan Genovés y muchos de los ojos que se clavan en ese hombre al que le ocultan la mirada no recuerdan nada de lo que en esa escena ocurre. Simplemente, no habían nacido. Hay ya una generación de mediana edad que solo conoce una España democrática que, al lado de la estación de Atocha, se fragmenta en múltiples relatos que se van entrelazando para intentar dar respuesta, una de muchas, a la pregunta que el director del Museo Reina Sofía deja suspendida en el aire: ¿cómo se llega al pasado desde el presente?

A ese dilema se enfrenta la reapertura de la cuarta planta del Museo Reina Sofía, que de este modo avanza en un proyecto que, con el horizonte del 2028, recoge cabos de la España que surgió tras 1975 y los entrelaza con el país que hoy existe y los futuros posibles que acabará caminando. A través de 21 capítulos y tres itinerarios, más de 400 obras de 224 artistas van revelando que hay pandemias silenciadas, como la del VIH, que estaban ahí antes del coronavirus. Que de la cirugía estética y de la presión por alcanzar cánones de belleza imposibles ya hablaban las feministas de la segunda ola, mucho antes de La sustancia o The beauty. Que ser negro no es un color de piel, sino una construcción política, porque cuando un español negro viaja a África es una persona blanca. En definitiva, subrayaba el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, la necesidad de tomar conciencia sobre «el papel que el arte contemporáneo va a jugar en la pelea por la democracia y por los valores fundamentales».

«No pretendemos aquí solo imaginar futuros, sino que la tarea fundamental del museo es intentar reconocer en el pasado y en el presente aquellos futuros deseables que ya estaban o están aquí». Manuel Segade resume así como el arte contemporáneo se fue gestando en paralelo a una serie de cambios sociohistóricos que comenzaron a finales de los 60 y siguen produciéndose hoy, cambios que el arte asume e interpreta.

Manuel Segade, frente a una de las obras escultóricas que conformana la exposición de arte contemporánea renovada
Manuel Segade, frente a una de las obras escultóricas que conformana la exposición de arte contemporánea renovada Fernando Sánchez | EUROPAPRESS

Por eso, desde esa primera sala introductoria en la que Genovés convive con telas quemadas de Miró y grabados destrozados por un grupo ultraderechista de Picasso, se van abriendo tres caminos que acaban regresando siempre a los 70. Recorridos por una historia del arte y de España en los que los anacronismos son necesarios, porque «la temporalidad de la historia sabemos hoy que no es lineal, estamos en un momento en que la física nos demuestra que la realidad es cuántica».

En los más de 3.000 metros cuadrados de exposición se habla de decolonialismo, de género, de feminismo, de política de afectos y también de enfermedad, muerte y duelo. Carlos Rodríguez-Méndez (As Neves, 1968) despliega los paquetes recibidos durante diez años, los que duró la enfermedad de su padre, y que contienen una camisa y un pantalón con medidas actualizadas, sudarios temporales que se proyectan hacia el futuro con la culminación del ritual funerario.

Esos afectos de los que habla el primer itinerario cobran volumen en el segundo, que, centrado en la escultura, recuerda cómo el sentido primordial del afecto es el tacto. De repente, los trabajadores de Inditex en Arteixo, del primer al último departamento, se quedan estáticos, como estatuas clásicas, en medio de una jornada laboral. Es la propuesta de Alicia Framis que cierra ese segundo recorrido y que, a través de un arco, se entrelaza con el tercero, que convierte al propio museo en parte de la colección para analizar cómo ha funcionado la institucionalización y el mercado del arte y en el que incluso tiene cabida Ataúlfo, uno de los múltiples fantasmas que, al parecer, rondan por el Reina Sofía, contentos por el destino que se le dio al que fue un antiguo hospital.

«No queremos que se trate de leer el pasado para encontrar en él un espejo donde se mire nuestra sociedad actual, sino de permitir que las preocupaciones del presente encuentren en el pasado una multitud de respuestas que permitan comprender que el hoy no es algo dado, sino un gran hacer de construcción necesariamente colectiva», explicaba Manuel Segade durante el recorrido por una cuarta planta que además busca poner al visitante en el centro del discurso expositivo, que se aleja de la lógica del cubo blanco que ha primado en los museos hasta el momento.

Una construcción colectiva que se amplía con nuevas voces. El 64 % de las obras son inéditas, que el 23 % corresponden a artistas no españoles, con una importante presencia latinoamericana, y un 34 % son mujeres —sin cumplir todavía la ley de igualdad— .

Quizá por eso, en un momento dado, es lícito preguntarse si es posible que el agua que se bebe en un lugar particular tiene algún tipo de influencia en las prácticas artísticas de un colectivo. Si es verdad aquel Galicia, sitio distinto que invocó Antón Reixa y que sostiene una generación artística, la del Grupo Atlántica, que en esta cuarta planta renovada sirve para debatir si existe una cultura totalmente diferenciada.

El Museo Reina Sofía dedica una sección de la cuarta planta a ese colectivo artístico de los 80 con obra de Francisco Leiro, Menchu Lamas, Antón Patiño, y por supuesto Reixa. «En un momento en que pretendemos reevaluar qué aporta el arte español era importante referirse a estas comunidades históricas», decía Segade.