Barcelona es una vez más telón de fondo y protagonista de la negra narrativa del autor barcelonés
19 feb 2026 . Actualizado a las 02:17 h.Poco a poco, con la humildad que mantiene y lo caracteriza, Carlos Zanón (Barcelona, 1966) se ha convertido en uno de los escritores españoles más singulares y deseados. A lo mejor no es el autor de superventas mayor, pero sí uno de los más esperados para la amplia comunidad de lectores que devora con ansia cada uno de sus nuevos libros. Y es así porque desde su calidad original de poeta ha alcanzado la mirada propia, conquista que no es habitual. Actualmente es uno de los nombres fundamentales del noir en castellano, incluso cuando no escribe relato policíaco stricto sensu, ya que su narrativa acaba siempre sí o sí lanzándose por los vericuetos de la negrura, impulsada por esos personajes perdedores (y perdidos) tan atractivos de los que se ocupa, pero también por los ambientes de la noche, la ciudad, las drogas, el lumpen, el rock, el amor quebrado, las malas decisiones, el azar y los dolores del pasado. Así ocurre una vez más en Objetos perdidos —que el sello Salamandra pone este jueves 19 de febrero en las librerías—, donde una melancólica fatalidad lo tiñe casi todo, y sus criaturas se mueven entre la inteligencia y la resignación camino de la tozuda derrota. Nada de esto tendría sentido —como es prácticamente ley en el universo literario de Zanón— sin el escenario urbano, sin Barcelona, no solo telón de fondo de esta novela, sino un protagonista más. Tal condición se la disputa a Álex Gual, un abogado de vida desnortada —sobre todo, tras su divorcio y su (posterior) desigual relación sentimental con la pintora Lola K.— experto en encontrar personas —tanto como en perder cosas, advierte el narrador ya en el inicio— y amigo íntimo de la cocaína, que se verá abocado a la búsqueda del jugador de rugbi británico desaparecido Andy Cox. Gual, o Niño Gordo, como se (mal) siente desde pequeño, y acaba arrastrado por una peripecia llena de suspense y oscuros antros en la que hasta el amor (de la camarera Inés) se le antoja posible. ¡Será ingenuo?