Muere Jorge Martínez, el macarra sensible e ilustrado que violentó el rock español con Ilegales

Javier Becerra
JAVIER BECERRA REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

El líder del grupo de rock Ilegales, Jorge Martínez
El líder del grupo de rock Ilegales, Jorge Martínez J.L.Cereijido | EFE

En septiembre Ia banda anunció la cancelación de todos los conciertos  porque el artista debía someterse a un tratamiento contra el cáncer. Esta mañana se confirmaba su muerte a los 70 años

09 dic 2025 . Actualizado a las 19:07 h.

Están los artistas que aparecen en un momento dado llevados por la corriente y los que emergen en medio de ella como una rara avis. En los ochenta no solo se cambiaba la década en España: también la manera de estar en el mundo de su sociedad. El rock vertebró muchas de las ansias de libertad, al tiempo que dejaba ver la frustración de que aquello no estaba siendo lo que se había imaginado. Había punk, rock urbano y figuras de estadio como Miguel Ríos. En medio, una canción hizo una fotografía exacta de las convulsiones sociales del momento: Tiempos nuevos, tiempos salvajes. Se incluía en el primer elepé de Ilegales, una joven banda asturiana apadrinada por Víctor Manuel y liderada por un grandullón que se paseaba por la noche con un stick de hockey. Por si había lío. «Esta es tu pelea / Levántate y lucha, / No voy a luchar por ti», cantaba en el citado tema. Era 1982 y ahí empezaba el mito de Jorge Martínez. Jorge Ilegal, para casi todos.

Nacido en Avilés, dentro de una familia acomodada y en una época en la que en la radio sonaban sus detestados Peret y Manolo Escobar, pronto sintió el calambre del rock escuchando a Los Bravos. Tenía 12 años y no hubo marcha atrás. Se puso a tocar como músico de orquesta. Luego formó efímeros grupos como Los Madson y Los Metálicos, hasta que llegaron Ilegales, toda una rareza en la que el músico desplegó una personalidad singular. Y si la obra no bastaba para distinguirlo, ahí estaban su 1,90 de altura y su mirada desquiciada erigiéndose entre Mecanos y Pegamoides.

Jorge Ilegal era toda una anomalía: un punk que tocaba bien y no necesitaba suplir sus carencias con actitud; un macarra capaz de firmar melodías preñadas de finísima sensibilidad; un provocador con un fondo cultural infrecuente en su territorio. Todo ello con el caos y la destrucción merodeando a su alrededor. Sus actuaciones de los ochenta podían terminar fácilmente en una batalla campal con tintes apocalípticos. «Además, ingeríamos grandes cantidades de alcohol, porque cada concierto era una celebración muy especial —recordaba en una entrevista en La Voz en 2023—. Creíamos que íbamos a tener una vida muy corta. Como Ilegales y también como personas individuales». Pero siempre defendiendo la destreza instrumental: «No disfrutas sin tocar bien. Conseguir tocar bien y que toda esa energía fluya por unos acordes en su tiempo y en perfecta ejecución es magnífico. Eso es una sopa sónica que es un premio de incalculable valor a los que hemos preferido la música como algo más que conseguir diversión, reconocimiento público o dinero».

Lo curioso es que Jorge no gritaba y sus discos no atronaban. Pero supuraban violencia. «En el segundo [Agotados de esperar el fin (1984), que incluía la mítica Soy un macarra con la que tuvieron gran éxito] nos disfrazamos de poperos intencionadamente para acceder a las listas de éxitos de las emisoras de la época. Eso nos permitió trascender esas barreras que nos imponían con suma facilidad. Y en el siguiente, Todos están muertos (1985), le metimos una caña de rock», decía. La banda continuaría con álbumes como Chicos pálidos para la máquina (1988) y El corazón es un animal extraño (1995), aunque ya sin lograr el impacto anterior. Eran nuevos tiempos, con el rock latino triunfando y el indie pidiendo su sitio, y su propuesta quedó algo arrinconada. En 2010 decidió disolver la banda y emprender nuevos proyectos.

De ahí nació Jorge Ilegal & Los Magníficos, con repertorio de bolero, tango y cha-cha-chá. Pero pronto sintió el impulso de regresar a su vieja banda, algo que se materializó en 2015 de la mano de la promotora gallega Art Music, que llevó a Ilegales hasta la actualidad. «Lo fue todo para nosotros, le debemos muchísimo en lo profesional y en lo humano», decía esta mañana el director de la agencia, Alberto Alfonso, muy afectado y camino de Asturias. No fue esta la única conexión gallega. Jorge, que detestaba el indie, sin embargo congenió con Triángulo de Amor Bizarro, con quienes colaboró y mantuvo una gran amistad. Rodrigo Caamaño, cantante del grupo y en shock tras conocer la noticia y lo recordaba así: «Era una de las personas más brillantes y nobles que he conocido en la música. El más moderno de los ochenta y, en la intimidad, un hombre muy tierno pese a esa fachada de macarra suya. Para nosotros es una influencia fundamental».

De la mano de Art Music Ilegales desarrolló una segunda etapa marcada por una sensación de justicia poética: editó discos notables — el último, Joven y arrogante (2025)—  fue objeto de documentales y biografías. Pero, sobre todo, obtuvo el reconocimiento del público, que en una buena parte no los había podido disfrutar en su primera etapa. Sin embargo, en los últimos años comenzó a tener problemas de salud que desembocaron en el diagnóstico de cáncer de páncreas. Debido a ello, en septiembre tuvo que cancelar su concierto como cabeza de cartel en Noites do Porto, en A Coruña, anunciando que iba a someterse a tratamiento. Esta mañana moría a los 70 años.