Julian Barnes, entre el tiempo y la memoria

x. f. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Barnes firmó numerosos ejemplares de su obra.
Barnes firmó numerosos ejemplares de su obra. Librería Alberti

El escritor británico repasó con sus lectores en Madrid las claves de su obra

24 oct 2023 . Actualizado a las 10:44 h.

Julian Barnes (Leicester, 1946) es el autor de catorce novelas, cuatro volúmenes de relatos y una decena de ensayos que abarcan el artículo periodístico, la crítica de arte y la gastronomía, entre otros. Es uno de los escritores británicos con mayor éxito de crítica y público: ha sido ampliamente traducido y la práctica totalidad de sus títulos siguen vivos en sucesivas reediciones.

Sin embargo, en una línea temporal diferente todas esas obras bien pudieron no llegar a existir. Barnes reconoce que fue un primer novelista tardío: su debut, Metrolandia, llegó cuando tenía 35 años, tras ocho de trabajo. «No tenía ninguna confianza en mí mismo. Todas las novelas que había leído me hacían dudar de si alguien estaría interesado en lo que yo podría decir», reconoce el escritor. Peor todavía: al miedo a las críticas se sumaba el de haber agotado en una primera tentativa todas las ideas para novelas posteriores. Pero, pese a los consejos desalentadores de sus dos únicos amigos escritores en aquella época —ambos poetas: «Es mi único consejo a quien aspire a escribir ficción, no te fíes de lo que te digan los poetas»— y unos poco favorables informes de lectura en la editorial, Metrolandia se publicó en 1981. «Y, desde entonces, no he dejado de publicar novelas».

Barnes recordó —sin ira, sino con ironía— estos inicios y repasó su trayectoria en un encuentro con lectores en la librería Rafael Alberti de Madrid, una actividad con la que inicia las celebraciones de su cincuenta aniversario en el 2025, Camino a los 50. El escritor repasó su primer trabajo como lexicógrafo y su paso por el New Statesman como periodista, oficio que no ve antagónico de la literatura, sino que lo animó en su empeño de conseguir acabar la escritura de una novela «al saber que podría haber una respuesta ahí fuera».

Metrolandia le dio la confianza para seguir y, dos novelas más tarde, llegó el primer aldabonazo del éxito: El loro de Flaubert. Catapultó su reputación y le abrió las puertas del mercado internacional. Una sensación «insuperable», a su juicio: «Que alguien de otro país haya leído tu libro, en un idioma distinto del que lo escribiste, que lo haya entendido... no hay nada que lo mejore». Una reflexión que propició otra sobre los boicots culturales. «Hay autores británicos que no quieren que sus libros se publiquen en la Rusia de Putin. Me parece un error. Primero, porque a Putin le da exactamente igual que no publiques. Y segundo, porque, siempre que estés bien traducido y editado, es importante que tu obra llegue a quienes tengan interés en la cultura, porque es un poder alternativo que cruza fronteras y que nutre a quienes están sufriendo bajo Putin». 

La trastienda de la escritura

Hubo tiempo también para que Barnes hablase de la trastienda de la escritura. En su caso, reconoce, él no elige los temas: «Son los temas los que me eligen a mí. Y he tenido la suerte de que sean muchos y muy variados». El origen también es igual de diverso: «Algo que lees, que te cuenta, que imaginas». Eso sí, conviene distinguir cuando llega «una novela para una historia o una idea para una idea». Y también recelar de aquellos que se acercan con el anuncio de que le van a contar al escritor la historia perfecta para un nuevo libro. «Siempre les digo que no es así, que es la historia perfecta para ellos, pero no para mí», afirma Barnes. Entre otros motivos, porque esa historia llega ya completa, mientras que un novelista en busca de material lo que quiere es solo un pedacito que desarrollar por sí mismo». Como ejemplo, Barnes evocó al escritor William Trevor, quien tenía la costumbre de frecuentar los bancos públicos para poner el oído a conversaciones ajenas en busca de inspiración. «Pero cuando la cosa se ponía demasiado interesante siempre se iba antes de saber el final, por que lo que a él le interesaba era escribir el suyo propio, no el que hubiese oído».

Lo que sí admite el autor británico es que conforme ha ido envejeciendo sus libros también han ido adelgazando. Él mismo cita a un Verdi crepuscular: «Aprendí a hacer música con menos notas». Siente la necesidad de ir al grano, algo que relaciona con los cambios de percepción del tiempo y de la memoria, «cada vez más importantes a medida que te haces mayor». «De joven, el tiempo te parece sencillo y lineal, pero luego descubres que tiene dobleces y recovecos», describe. «Y con la memoria pasa igual: cada vez que accedes a un recuerdo, este se degrada. No es que lo guardes en un cajón y permanezca inalterable, por muchas veces que lo abras y lo vuelvas a guardar. Por eso nuestras historias favoritas, las que contamos una y otra vez y las que nos definen, son también las menos fiables, porque siempre estamos cambiando cosas, matizándolas, y al final se van despegando del relato original».

Un observador atento entre grandes maestros

Entre esos temas diversos que lo han elegido en su carrera, Barnes ha cultivado temas abiertamente políticos —El puercoespín— o vestidos de sátira —Inglaterra, Inglaterra—, ha ficcionalizado episodios históricos —Arthur y George, El ruido del tiempo— y, naturalmente, ha diseccionado las relaciones sentimentales: Hablando del asunto, Amor, etcétera, La única historia. Y en el marco del ensayo ha dirigido su atención hacia la gastronomía —El perfeccionista en la cocina— y el arte: Con los ojos bien abiertos.

No podía faltar en su breve visita madrileña una parada en dos de los grandes centros de arte, el Thyssen y el Museo del Prado. En este último se paseó, siempre atento, a las obras de los grandes maestros que admira y con los que deseaba reencontrarse veinte años después de su anterior visita. Velázquez, Rubens, Mantegna y El Bosco concentraron la atención de quien ha escrito páginas brillantes sobre Géricault, Declacroix o Manet, entre otros. El punto de vista en las Meninas, los cambios que introdujo Rubens años más tarde en la adoración de los Reyes, la relación de los pintores con la Corte... la curiosidad del escritor y el generoso conocimiento del especialista que lo guio, Alejandro Vergara, cristalizaron en una auténtica lección hablada de arte.

El apóstol Santiago y el Leicester City

Otro recuerdo que desgranó Barnes durante su cita con los lectores fue su paso por Santiago de Compostela para recoger un premio San Clemente. Durante una visita a la catedral, enfrentado al abrazo del Apóstol, al saber que la selección española había desfilado ante la efigie poco antes de partir para un Mundial que acabó ganando, le pidió que el equipo de su ciudad natal, el Leicester City, saliese de los puestos de descenso. A cambio, él se plantearía creer en Dios. No solo lo consiguió, sino que la temporada siguiente ganó la liga inglesa, la primera y por ahora única de su historia. Un triunfo que para Barnes implica dudas teológicas: «Aquello pudo haber sido una broma, pero tampoco estoy seguro de que Dios la haya entendido. En todo caso, todavía le estoy dando vueltas a la promesa», que aún no ha cumplido.

También hubo tiempo para hablar de política, brevemente, en el tramo final del encuentro con el público que abarrotó la librería Alberti. Barnes ofreció un diagnóstico certero de las consecuencias del Brexit, cuya campaña se basó en «el miedo» y una idea de Europa no como «una necesaria construcción moral», sino desde el punto de vista de la pura conveniencia económica. Barnes pensaba que un pueblo conocido por su sentido común no iba a ser tan masoquista como para «dar un salto al vacío». «Que fue lo que hicimos y ahora se nos castiga por ello. Ningún político planteará un nuevo referendo. No será posible hasta dentro de quince o veinte años, cuando una nueva generación, más joven y viajada, lleve integrada su eurofilia de forma más natural», afirmó. «Claro que para entonces quizá Europa diga que le ha ido muy bien sin nosotros. Espero que entonces seáis más generosos».