Redacción / La Voz

No resulta fácil de entender el éxito que Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870) alcanzó en vida en su oficio como narrador. Ni Vargas Llosa, Auster o Houellebecq -apoyados en los más sofisticados circos mediáticos- sirven para hacerse una idea hoy de lo que fue la popularidad de este genio de la literatura universal. Representó un ejemplo de lo que es un hombre hecho a sí mismo, ya desde que contaba apenas doce años y debía trabajar en una fábrica de betún londinense para salir adelante. De hecho, una parte del salario que percibía por ese empleo la entregaba a su padre, para entonces encarcelado por un asunto de deudas, lo que dejó a los suyos a la intemperie. John Dickens era un desastre con las finanzas familiares, sí, pero adoraba las historias; se las leía a sus hijos y espoleaba a Charles a que recitase, incluso lo subía a una silla para que actuase como cuentacuentos.

Y su hijo amó decididamente las historias, el teatro y el desafío de seducir al público con sus narraciones. No solo escribió novelas irrepetibles -David Copperfield, Oliver Twist, Grandes esperanzas, Historia de dos ciudades, Casa desolada y Barnaby Rudge- sino que decidió explotar masivamente su impacto organizando giras para leerlas en público en teatros y otros recintos y multiplicar así sus lectores. No se conformaba con el tamaño de su triunfo, que era ya incomparable en su época con el de cualquier contemporáneo.

Trabajaba de manera ardua. Era consciente de que por las dimensiones sus grandes novelas resultaban inmanejables para ser recitadas ante sus muchos seguidores. Debía adaptarlas. Sabedor de que estaba ante un formato diferente, debía asumirlo si quería engatusar a las masas, no aburrirlas: acortó sucesivamente las narraciones para servirlas de un modo ágil y atractivo a sus lectores victorianos. Así dejó el millar de páginas del David Copperfield en solo 40.

Ni eso -dramatizarlas- fue tarea fácil ni tampoco lo era el esfuerzo físico que requerían sus tours de lecturas, que mermaban su salud. Él mismo diseñó una mesa atril específica para su altura física y sus necesidades como orador. No se conformó con Gran Bretaña. Y cruzó el Atlántico, donde su fama parecía garantía de éxito. La empresa prometía ser lucrativa porque en EE.UU. sus seguidores acudían al muelle a la llegada de los barcos europeos para saber de la continuación de sus historias publicadas por entregas, los mismos fans enfervorizados que lo acosaron a él sin descanso en sus viajes americanos. Se estima que por las 76 actuaciones de la gira de 1867 ingresó, en valores actuales, varios millones de dólares.

La capacidad de trabajo de Dickens -que forjó en su dura infancia- no le permitía parar. Falleció en medio de una extenuante serie de lecturas en 1870. El pasado 9 de junio se cumplieron 150 años de su muerte. Para conmemorar tal efeméride, el exquisito sello Alba editó en castellano el delicioso volumen El pequeño Dombey y otras adaptaciones de novelas para leer en público.

El actor que quería embelesar a la gente

«Podría ganarse mucho dinero», escribió Dickens a su amigo John Forster para explicarle el plan de realizar lecturas públicas de sus propias obras al modo en que estaba en boga hacer con escenas de Shakespeare. Dicen las crónicas que su colega William M. Thackeray -autor de Barry Lyndon- recitaba ensalzando la belleza de su estilo, pero que Dickens lo hacía «como un actor que se sumergía en el mundo que quería mostrar a sus oyentes». Quería encandilar a la audiencia. Por eso al reelaborar sus novelas prescindía de capítulos, personajes, subtramas para lograr que la historia tuviese entidad artística propia. Lo pasó mal con David Copperfield, su «favorita», ya que no daba con la tecla. Hizo varios intentos frustrados hasta que en 1861 se acercó por fin a lo que buscaba. Dickens se mostró orgulloso del texto, cuya lectura, aseguró, «embelesó totalmente a la gente».

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Charles Dickens, el cuentacuentos