La primera vez que en La Voz se habló de Valle Inclán: «¡Loado sea Dios, nos llega un libro bueno!»

La mirada hacia Valle Inclán se vuelve estos días, no porque el esperpento (político y social) esté más vigente que nunca, que también, sino porque acaban de cumplirse cien años de que el escritor de Vilanova de Arousa publicase «Luces de bohemia», esa gran obra atemporal en la que trasciende la imposibilidad de vivir en una España injusta. Valle frisaba entonces los 54 años: casi treinta antes, La Voz habia dado cuenta de sus primeras andanzas públicas (un duelo con un periodista en México); y la crítica de su primer libro, «Femeninas»

Una imagen de juventud de Valle, en la que se aprecia que ya ha empezado a construir la excéntrica imagen que le acompañaría en el futuro
Una imagen de juventud de Valle, en la que se aprecia que ya ha empezado a construir la excéntrica imagen que le acompañaría en el futuro

Redacción / La Voz

«Este que veis aquí, de rostro español, quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo». Así definía Valle Inclán su propia estampa en las páginas de la revista Alma Española, en 1903. Una imagen excéntrica y calculada que sus no pocos rivales definían como «fantocheril» y que él había empezado a construir durante el año que había pasado en México en sus tiempos mozos, empapándose de literatura modernista, alucinando con el cáñamo índico y metiéndose en toda clase de broncas (¡Ay, Valle en la era Twitter!).

Precisamente, la primera vez que La Voz de Galicia (24-6-1892) hace referencia al por entonces estudiante de Derecho que había aparcado la carrera para enrolarse en la aventura americana reza así: «En México, háblase de un gran duelo entre periodistas, asegurándose que el señor Valle Inclán, redactor de El Correo Español, ha desafiado a D. Victoriano Agüeros a consecuencia de un artículo publicado por El Tiempo, periódico que este dirige, contra la colonia española».

Detalle de la primera reseña que hizo La Voz del escritor
Detalle de la primera reseña que hizo La Voz del escritor

La biografía posterior de Valle aclara que el lance no pasó a mayores; por suerte para él, puesto que en la misma información La Voz da cuenta de otros dos duelos esos mismos días en México con resultados funestos, uno de ellos con 14 tiros de por medio. El caso es que su brazo izquierdo no lo perdería hasta su regreso a España, pese a todas las historias fantásticas que él construyó alrededor de esta circunstancia, como consecuencia de una pelea que mantuvo con el escritor Manuel Bueno en un café de Madrid en el verano de 1899. Entretanto, el Valle Inclán articulista que desembarcó de América con poncho y sombrero charro había comenzado a cimentar su carrera de escritor. Cuando La Voz vuelve a hablar de él, el 27 de abril de 1895, es para reseñar con grandes elogios su primera obra, Femeninas. Una crítica que no se anda con rodeos desde sus primeras líneas: «¡Loado sea Dios!. de Pontevedra nos llega un libro bueno, de veras bueno». Y continúa el periódico: «Es un escritor de buena cepa. Conócese a la legua, leyéndole, que no es de los que una vez y otra se esfuerzan en producir cosas buenas, malogrando el parto, sino de los que producen lo bueno sin esfuerzo». La reseña (en realidad media primera página de La Voz de esa fecha) revela también que el peculiar carácter de Valle ya había trascendido entre determinados círculos: «Un tanto desequilibrado del juicio, pero cabal de corazón y del entendimiento, tiene el instinto errático de los celtas». «Y —prosigue el diario— por ahí anda con sus cabelleras tan luengas como negras, recorriendo a grandes trancos las calles y fijando en cuanto ve, sobre todo las mujeres, una mirada de pájaro de presa». La crítica de La Voz también incluye unas frases de Murguía sobre Femeninas. «Todo en él resulta nuevo y tiene su encanto y su originalidad, unas páginas en las que la poesía, la gracia y el amor, esas tres diosas propicias a la juventud, dejaron la imborrable huella de su paso».

Las bendiciones ya habían sido echadas: ya solo faltaba que aquel actor frustrado que había decidido convertirse en actor de sí mismo tras perder un brazo por una absurda disputa apostase a doble o nada por la literatura, partiendo del modernismo hasta acabar llevando el esperpento a sus cuartillas.

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