El maestro Ozawa retratado por Murakami

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

El escritor Haruki Murakami y el director de orquesta Seiji Ozawa
El escritor Haruki Murakami y el director de orquesta Seiji Ozawa

El sello Tusquets publica el libro que recoge las conversaciones que el escritor y el director de orquesta mantuvieron en los años 2010 y 2011

19 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Ay del fan de Haruki Murakami que espera ansioso una nueva entrega narrativa del autor japonés, tan idolatrado, quizá uno de los que más en el panorama literario actual. Porque Música, solo música -Tusquets, 2020; en realidad, un libro publicado en su país en el 2011- es un retrato de Seiji Ozawa (Shenyang, Manchuria, 1935). Serán aquellos que buscan al afamado director de orquesta los que gozarán sin cuento de este volumen que reúne las conversaciones que el escritor mantuvo con el maestro entre noviembre del 2010 y julio del 2011, aprovechando la bajada de actividad laboral a la que el músico -siempre tan ocupado- se vio obligado para tratar un cáncer de esófago que le diagnosticaron. Las charlas son una delicia sobre todo porque la sensibilidad, la sabiduría, la modestia de Ozawa engrandecen el relato que componen, hacen de él una experiencia de felicidad. Y también tiene mucho que ver la evocación que hace de su trato como pupilo con dos de las batutas que cambiaron la interpretación orquestal en la segunda mitad del siglo XX: Leonard Bernstein y Herbert von Karajan. Murakami, además, trata de acercar la dificultad que encierra el universo de la partitura, visto por alguien de la talla del director y que sería inabordable para un lector sin estudios musicales. En el haber del escritor está la disciplinada labor de mantenerlo atado a un nivel de exposición lo más básico posible. Y de esta forma, poniéndose el traje de melómano raso, hacer mínimamente comprensible el discurso de Ozawa cuando habla de Glenn Gould, de Brahms, del tercer concierto para piano y orquesta de Beethoven, de Mahler o de la ópera rusa. Pero donde el lector más disfruta es cuando aflora el rostro humano del genio Ozawa, su exquisitez, su humildad, su elegancia, su humor, su férrea voluntad de estudio, cuando cuenta sus años iniciales en Boston, que no tenía dinero para ir a clubes de jazz, que le robó tres batutas a Eugene Ormandy o cómo no podía evitar llorar cuando escuchaba a la soprano Mirella Freni interpretando el papel de Mimí en la ópera de Puccini La Bohéme...