«One Night in Miami», cuando Cassius Clay pasó a ser Muhammad Ali

La poderosa ópera prima como realizadora de la oscarizada actriz Regina King se presenta en Venecia como un refrescante soplo de cine insumiso

El cineasta Andrei Konchalovski, con su mujer la actriz Julia Vysotskaya y su hijo, a su llegada a la premiere del filme «Dear Comrades»
El cineasta Andrei Konchalovski, con su mujer la actriz Julia Vysotskaya y su hijo, a su llegada a la premiere del filme «Dear Comrades»

venecia / E. La Voz

Una noche de 1964, cuando Cassius Clay acababa de derrotar a Sonny Liston, se produjo un encuentro entre el reciente campeón y Malcolm X. Esa encrucijada, que se puede calificar de momentum, y en la que también participaron el cantante Sam Cooke y el jugador de fútbol americano Jim Brown, la sirvió Kemp Powers en una pieza teatral. La actriz oscarizada Regina King supo ver en ella materiales casi áureos para su debut tras la cámara. Y, en efecto, One Night in Miami refleja el esplendor de ese cruce de caminos ente el líder de los movimientos civiles menos acomodaticio y el boxeador cimarrón que acababa de abjurar del sistema y de rebautizarse como Muhammad Ali.

La fascinación que Malcolm X produjo en Ali fue decisiva para llevarle por la ruta de la enmienda total a los poderes establecidos de su país. Y para que su afrenta contra el todo se condensase en un puñetazo verbal taxativo: «No tengo nada contra el Vietcong. Nadie del Vietcong me ha llamado nigger». La verdad es que esa fascinación mutua entre el guante ideológico de la revuelta negra y el ideólogo del cuadrilátero duró poco. Ali traicionó pronto a Malcolm X para irse con el boss de la Nación del Islam, el torticero Elijah Muhammad. Y al díscolo mesías lo apiolaron solo unos meses después. Quedémonos con la belleza de esa seducción que King moldea como cine político de pegada tan poderosa que no se explica que la cinta no esté en competición. Fue bonito mientras duró. Y el punchline entre el dialéctico movilizador de masas y el instigador de la revolución desde la intuición de su visceralidad hormonal es un soplo de cine insumiso.

Andréi Konchalovski

Andréi Konchalovski volvió a Rusia hace dos décadas, tras un paso desigual por Hollywood, donde dirigió cosas tan diversas como un mal Stallone y la entrañable Los amantes de María. Desde el 2015 encadena obras que concursan en Venecia y que combinan la sabiduría del cineasta octogenario con una vigorosa capacidad para la reinvención. En Dear Comrades narra una oculta revuelta de la clase obrera en Novocherkask, en el Don, en 1962, consecuencia de la carestía y la histeria provocada por la crisis de los misiles.

Fue una insólita insurrección que llevó a los trabajadores a atacar el edificio del Gobierno comunista local. Konchalovski narra esa rebelión, en la cual, por un instante, temblaron los cimientos del poder. Se aisló la zona como la pandemia que esa insurrección suponía para el Sóviet supremo, y se disparó contra las masas, sepultando los cadáveres al viejo estilo Stalin. Elige Konchalovski, como en su obra anterior, Paradise, el blanco y negro como el color de un sueño convertido en pesadilla, de unos ideales (los de la protagonista, a cuya ingenuidad vibrante pone rostro Yuliya Vysotskaya) que ya desde su germinación habían devenido monstruosidad. Y el filme concluye en la certeza de que ese motín obrero fue una de las bazas que usaron zorros viejos como Breznev para ajustar su vuelta de tuerca al Kremlin hacia el reaccionarismo. Para dar boleta a la mano semiabierta hacia el deshielo de Jruschev y recluir a este en una dacha en el fin del mundo, ya que entonces el piolet ya no era respetable.

Malgorzata Szumowska

En Never Gonna Snow Again, la polaca Malgorzata Szumowska cambia una Berlinale donde ganó premios por esta Mostra con necesidad de nombres. Su película es como una bastante inclasificable revisión del Teorema de Pasolini. Un joven emigrante ucraniano oficia de visitador a domicilio en una urbanización de casas ricas en Varsovia. Sus manos poseen poderes taumatúrgicos. Su presencia seduce a la comunidad entera, a las mujeres, a los moribundos, a los perros. Entra en sus vidas y se transforma en el eje de las existencias de sus moradores. Szumowska toca muchos palos, coquetea con Lanthimos y con Sorrentino sin caer en lo parasitario. Y cuando esta versión bastante perversa de un masajista de Hamelin que tomó sus poderes de Chernóbil parecería no tener salida, le encuentra su directora un muy bello espacio para el escapismo.

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