«Pesadilla en la cocina» del artista antes conocido como Atom Egoyan

El sueco Roy Andersson va a por su segundo León de Oro con «About Endlessness»


venecia / e. la voz

No encuentro en la historia del cine reciente un caso clínico como el de Atom Egoyan. Hay otros muchos autores que se estancaron, han envejecido mal o cuya inspiración se ha evaporado. Y pienso en Loach o Greenaway, en Tèchine o Zhang Yimou. Pero lo de Atom Egoyan es otra cosa: como si algo en su mente creativa, y diría que en su naturaleza, se hubiera fundido. Un fusible de su inteligencia orgánica que hubiese sonado como un clic allá por el 2002, después de que firmase Ararat, su último filme reconocible. Después de eso, el alquímico, fabricante durante los 90 de atmósferas de insania fascinante y de exploraciones del dolor como las contenidas en El Liquidador, Exótica y en la descomunal El dulce porvenir, mudó de piel, de ADN, de mirada, de sensibilidad. Se esfumó. Y no ha vuelto en sí.

Quien dirige desde entonces esos engendros con maneras de telefilm que llevan su firma no es Egoyan, sino un ultracuerpo. Tal vez el FBI debería probar a tomarle huellas dactilares. En el Lido sufrimos ayer una nueva prueba de la impostura del artista aún conocido oficialmente como Atom Egoyan. Se llama Guest of Honour, aunque no tiene nombre. Su protagonista es el británico David Thwelis (nunca olvidaremos su homeless nihilista del Naked de Mike Leigh), que encarna a algo así como el Chicote de Pesadilla en la cocina pero más maniático y torvo. Se dedica a inspeccionar la sanidad de los restaurantes y arrastra el trauma de un pasado que llevó a su hija a ruta autodestructiva. Lo piensas y los materiales dramáticos, en abstracto, podrían ser los del universo Egoyan. Pero este okupa del original nos castiga con otro ruborizante ejercicio de drama de mesa camilla, con subtramas de fascinación tan perfectamente descriptibles como la de un conejo muy longevo y su pata de la suerte. ¿Dónde está Atom Egoyan? Desvanecido como sus personajes de cuando entonces, entre neones, nieve, niebla y sombras ténebres. Y aquí su usurpador nos ofrece otro plato de cine trucho.

Con About Endlessness, Roy Andersson sigue fiel a su singular manera de entender el cine, la que ya le valió en el 2014 un León de Oro por Una paloma posada en una rama. Son las del director sueco obras estructuradas en planos fijos. Inimitables tableuaux vivants en los que se condensan situaciones de humor del absurdo: en la mesa de un restaurante, en la consulta de un dentista. Muchas veces son seres aquejados de soledad: una mujer a la que nadie espera en una estación, un músico ambulante... Otros planos toman aliento histórico: el silencio de Hitler en su búnker, una pareja volando en una nube sobre los restos de la Colonia bombardeada en 1945 o los soldados alemanes desfilando como prisioneros por la estepa siberiana. Es un Andersson aún más minimalista que en su obra precedente. Pero sus construcciones, tantas veces sin diálogo, hablan por sí solas. Cine perdurable frente a la hostil era de la fluidez y el vacío.

The Painted Bird adapta la novela de Jerzy Kozinski sobre la violencia que abruma a un niño judío en el decurso de la Segunda Gran Guerra. La propuesta de su director, Vaclav Marhoul, es un agravio inmoral, una grande bouffe de pornografía de la violencia -filmada en blanco y negro- con 165 minutos de sodomizaciones, empalamientos, pederastia, sexo con animales caprinos, extirpaciones de órganos, ahorcamientos, cabezas degolladas, todo en noria non-stop. Una exhibición de brutalidad gratuita que lleva a que todo te importe pronto tan poco que percibas al crío como un Buster Keaton de quien todos son abusadores en esta pantalla convertida en fosa séptica por la que desfilan como espectros o muertos en vida Harvey Keitel, Julian Sands o Stellan Skaarsgard.

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