Leopoldo Pomés, el fotógrafo al que le gustaba mirar, un mago de las imágenes

El artista falleció este martes en Gerona a los 87 años de edad


Redaccion

Con apenas once años retrató a sus padres y ya improvisó un cierto estilismo en aquella composición. Sin embargo, Leopoldo Pomés, el fotógrafo al que le gustaba mirar, la persona que revolucionó en España el lenguaje publicitario, ejerció otros oficios antes de dedicarse plenamente a la magia de las imágenes.

Fallecido este martes en Gerona a los 87 años, este artista polifacético, que en el 2018 recibió el Premio Nacional de Fotografía, presentó su primera exposición, no exenta de polémica, en las Galerías Layetanas de Barcelona en el año 1955, después de relacionarse con los miembros del grupo Dau al Set, integrado por Antoni Tàpies, Joan Brossa o Modest Cuixart.

Nació en Barcelona en 1931 y su primera cámara, tal y como informa Efe, la adquirió en 1946, aprendiendo el oficio de forma autodidacta. En el año 1961 creó, junto a Karin Leiz, que fue su esposa y artífice de las icónicas «burbujas» de sus anuncios de Freixenet, los Estudios Pomés y comenzó a dedicarse al cine y a la publicidad.

En 1965, se asoció con Leopoldo Rodés y creó Tiempo, desde donde se generaron imágenes tan inolvidables como la amazona de Terry en una playa o en plena plaza San Marcos de Venecia.

El pasado día 11 de junio, en la presentación de su libro de memorias, No era pecado (Tusquets/Edicions 62), comentó que para él lo más importante en la vida siempre fue «mirar» y no escondió que con el paso de los años le gustaba todavía más.

Hedonista y curioso irredento, perteneciente a la denominada Gauche Divine, que tan bien retrató, fue premiado en 1965 en el Festival de Cine Publicitario de Cannes y en Venecia seis años después.

En el año 1982 participó en una exposición junto a otros grandes de la fotografía como Catalá-Roca, Xavier Miserachs y Oriol Maspons, y también se encargó de las ceremonias de apertura del Mundial de Fútbol en Barcelona donde, consideraba, vivió el momento «más acojonante» de su vida, porque la paloma que se soltó allí, en los ensayos previos siempre se caía al suelo, pero el día de la inauguración «salió todo perfecto y a Pelé, que estaba en el palco, se le saltaron las lágrimas».

Unos años más tarde, en 1995, expuso su serie Toros, en ARCO y en el Centro Andaluz de la Fotografía y en 1997 se organizó una gran retrospectiva de su obra en el Palau de la Virreina de Barcelona, mientras que en 2015, Julià Guillamon comisarió otra muestra en La Pedrera, a través de un recorrido de 140 imágenes, muchas de ellas inéditas.

También expuso en otros centros como el Círculo de Bellas Artes de Madrid (2001), la Galería Michael Hoppen (2010), la Fundación Foto-Colectania (2012) y el Canal de Isabel II en Madrid (2015).

Sus obras pueden verse en las colecciones del Instituto Valenciano de Arte Moderno, el Museu Nacional d'Art de Catalunya, el Museu d'Art Contemporani de Barcelona, el Museu Tèxtil i d'Indumentària de Barcelona, el Centro Andaluz de la Fotografía (Almería) y la Michael Hoppen Gallery de Londres, entre otros.

Sus instantáneas han ilustrado libros como Las Ventanas, de R.M Rilke, y Gaudí, arquitectura de anticipación.

Por otra parte, a lo largo de su vida recibió varios premios y reconocimientos como la Medalla de Oro al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Barcelona, el Premio de Artes Plásticas de la Generalitat de Cataluña en 1998 y la Creu de Sant Jordi en 1999. Además, era miembro de honor de la Academia del Cine Catalán.

Encantado de formar parte de la letra de una canción de su admirado Joan Manuel Serrat, Conillet de vellut, y feliz por haber cumplido sus sueños de trabajar con algunos de sus ídolos como Gene Kelly, hace unas semanas confesaba cuál era su mejor fotografía.

Explicaba que para él era el retrato que hizo a Núria Closas, hija del político y conseller de la Generalitat Rafael Closas, porque notó «una emoción especial» y más cuando la reveló.

Sobre la preponderancia de lo digital actualmente, decía que ha convertido «la fotografía en pornografía», pero tampoco ocultaba que su nieta le había hecho una fotografía muy buena con el móvil, que calificaba de «aparato siniestro». «¿Qué harían hoy Man Ray y Cartier Bresson con estos aparatos diabólicos?», se preguntaba.

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