La belleza insistente de Jonás Trueba

Tamara Montero
tamara montero SANTIAGO / LA VOZ

CULTURA

Jonás Trueba, en Madrid, durante el rodaje de su último  filme, «La virgen de agosto»
Jonás Trueba, en Madrid, durante el rodaje de su último filme, «La virgen de agosto»

El realizador madrileño estrena su última película, «La virgen de agosto», una fábula sensorial sobre reencontrarse a uno mismo

15 ago 2019 . Actualizado a las 12:42 h.

Hay algo pictórico en esa secuencia en el Museo Arqueológico. Marga Villavieja dibuja con ese silencio blanco que lo envuelve todo. Que solo se quiebra con el sonido pausado de unos pasos. Que se desmenuza de repente en uno de esos encuentros inesperados de una tarde solitaria de verano. Eva se tropieza con Luis y al frescor de una caña ella lo resume todo en un solo brochazo: qué bueno es que las expectativas se rebajen en verano.

La última película que factura Jonás Trueba es un puro presente. Otra vez resbala por el metraje el adjetivo rohmeriano. Que se esparce por la película de manera natural, pero consciente. Un diálogo contrapuesto con El rayo verde. Pero si Delphine solo quería huir, en La virgen de agosto Eva está determinada a quedarse. A que Madrid pase ante los mismos ojos, pero con una mirada diferente. Así es la belleza insistente de Jonás Trueba. Delicada. Perseverante. Una película se cose a la siguiente con un hilo invisible, pero brillante. Entonces, Trueba cita a Gaya: «No me repito. Insisto». Insiste «sobre las cosas que te gustan, sobre las cosas que necesitas filmar, sobre los actores y las personas que admiro y que vuelvo a llamar, con los que intento contar una y otra vez. Creo que nunca nos repetimos, insistimos sobre las cosas que para nosotros son necesarias». Una perseverancia «que al final es más valiosa que lo contrario, de la búsqueda constante de la originalidad. Eso me parece más artificial. Más raro».

Fotograma del filme de Jonás Trueba «La virgen de agosto»
Fotograma del filme de Jonás Trueba «La virgen de agosto»

Esa belleza insistente le ha llevado a construir junto a Itsaso Arana una mujer de 33 años determinada por sí misma. Que vive hoy. Sin abandonar el hoy. Agarrada a ese hoy desembarazado de todo ayer. Una virgen de agosto que se desliza por esos 15 días perezosos en los que el tiempo casi se detiene, conociendo a unos, reencontrándose con los siguientes. En un cine casi vacío. En una terraza abarrotada de gente. Un Madrid veraniego en el que se mezcla un silencio intenso con unas cigarras inesperadas en esa ciudad que nunca duerme. La película «transcurre en ese día a día. No hereda nada del pasado del personaje, sino que intentamos que la película se viva así». Una aleación de sensaciones desplegándose por la pantalla. Sentirse viviendo. Aferrarse al presente. «No es tanto una película de trama como de sensorialidad». Notar el calor, la ropa que se pega al cuerpo, el amargor fresco de una buena cerveza. Aunque en cinco minutos ya esté caliente. El placer de dar un paseo, de una comida, de algo que escuchas. «Es por ahí donde el espectador debería disfrutar la película, por esa mezcla de sensaciones reconocibles». Jonás Trueba insiste: filma lo cotidiano con esas secuencias elásticas que confeccionan ese universo de belleza tranquila. Poder ralentizar la vida y por un rato, poder pararse y ver, escuchar, tocar. Oír.

Porque la ciudad, en verano, suena de manera diferente. «De repente te sorprende con las chicharras, con los grillos, con los silencios como el del museo mezclados con todo ese sonido atronador de las verbenas y del tráfico de la ciudad». La virgen de agosto va recorriendo barrios. La Latina, Lavapiés resistiéndose a desmigajarse hasta la extinción entre pisos turísticos, bohos condescendientes. «Es algo que vamos viendo y soy el primero que percibe esa desaparición de espacios queridos» que van desvaneciéndose entre una película y otra. «Pero a veces podemos cometer el error de vivir este miedo como si no fuese algo que ha ocurrido siempre». Madrid, cualquier ciudad, está en continuo cambio siempre. De pronto, Trueba cita a Gutiérrez Solana: la mismísima Gran Vía se sintió como una llaga a principios del siglo XX.

Pero sí, en La virgen de agosto hay un pasado desheredado. Algo así como destellos luminosos que una tarde cualquiera de vacaciones se cuelan entre las hojas de un árbol de sombra robusta junto al río. Están, pero apenas se sienten. «Me gusta que la película sea abierta y que haga trabajar al espectador». Que siempre quede un hueco que cada uno rellena con su experiencia. Que la adorne con sus propios referentes. «Para mí es importante, porque son las películas que disfruto como espectador», concluye.