«¡Por allí resopla!» la ballena blanca

Este 1 de agosto se cumplen 200 años del nacimiento del escritor Herman Melville, y su obra «Moby Dick» sigue hoy reinando como la gran novela estadounidense

Detalle del retrato del escritor Herman Melville que en 1870 realizó el pintor estadounidense Joseph Oriel Eaton
Detalle del retrato del escritor Herman Melville que en 1870 realizó el pintor estadounidense Joseph Oriel Eaton

Redacción / La Voz

Todavía hoy, cuando se cumplen doscientos años de su nacimiento, Herman Melville (Nueva York, 1819-1891) sigue cómodamente instalado en el trono de la gran novela americana. Su Moby Dick (1851) pesa como un lastre amenazador e insalvable sobre los hombros de los candidatos a presentar esa obra que, según afirmaba Tom Wolfe, todos persiguen en Estados Unidos, ya sean Jack London, John dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Capote, Mailer, Philip Roth, Foster Wallace, DeLillo, Pynchon o Franzen. «¡Por allí resopla!», que diría enloquecido el capitán Ahab. Pero lo que ahora parece una obviedad, en época del autor solo fue la constatación de un fracaso: aquella entusiasta celebración «¡Menudo libro ha escrito Melville!» de su amigo Nathaniel Hawthorne -al que, por cierto, dedicó la obra- fue una expresión aislada en medio de la crítica feroz, el silencio general y el olvido posterior, un ostracismo que no concluyó hasta los años 30 del pasado siglo, gracias en buena parte a las distintas adaptaciones cinematográficas, en un proceso que tuvo su culminación con la película dirigida en 1956 por John Huston y que protagonizó Gregory Peck al dar vida al vengador Ahab.

Detalle del aguafuerte «Pêche du cachalot», realizado a inicios del siglo XIX por Ambroise Louis Garneray. Ismael, el narrador de «Moby Dick», que considera tarea casi imposible la representación pictórica de los grandes cetáceos, tenía en mucha estima las obras de Garneray. «La acción de todo el conjunto es maravillosamente buena y verdadera», dice sobre este grabado
Detalle del aguafuerte «Pêche du cachalot», realizado a inicios del siglo XIX por Ambroise Louis Garneray. Ismael, el narrador de «Moby Dick», que considera tarea casi imposible la representación pictórica de los grandes cetáceos, tenía en mucha estima las obras de Garneray. «La acción de todo el conjunto es maravillosamente buena y verdadera», dice sobre este grabado

El filme, sin embargo, no es capaz de reflejar toda la complejidad y riqueza de esta construcción literaria. En esa grandeza residen también los hándicaps. Como todas las obras maestras, Moby Dick resulta excesiva, como los son también el Quijote, la Divina Comedia, Gargantúa y Pantagruel, Fausto, Los Buddenbrook, Guerra y Paz o Conversación en La Catedral. De hecho, él parece que trató, de algún modo, de dar respuesta a la gran novela decimonónica europea. Tamaña ambición (y no menor desequilibrio) mantiene esta epopeya marina como hito de modernidad, ya que siempre se presta a nuevas y actuales lecturas. Es fácil de intuir cómo en su tiempo no se comprendió el lenguaje enrevesado de Melville, como tampoco su idea heterodoxa de la novela, en la que caben una voz narradora omnisciente -la del marinero Ismael, especie de alter ego- y unos cuantos desplazamientos a capricho del autor. En la raíz de esto puede situarse el humor que empapa todo el relato, y que tiene bastante responsabilidad en su perfecta vigencia.

Combinación de géneros

También en la forma en que alterna y combina géneros, desde el libro de aventuras, el viaje, la enciclopedia (un auténtico tratado sobre los cetáceos y la navegación), el ensayo, el reportaje, el cuento, la reflexión filosófica (con un aura metafísica), el poema en prosa, y que excede absolutamente la inspiración que pudo facilitarle su experiencia como marinero en tres barcos balleneros, en un incierto periplo que inició en un velero mercante a los 19 años, que con 21 lo llevó hasta la poco satisfactoria expedición del Acushnet para la pesquería de la ballena en el Pacífico y en el que se cree que desempeñó hasta el oficio de arponero en el Charles and Henry.

Siendo relevante el condimento autobiográfico, no parece que su bagaje laboral le resultara suficiente. Son numerosas las fuentes bibliográficas y lecturas que alientan Moby Dick, pero entre todas ellas sobresalen dos textos: la Narración del naufragio de Essex, de Owen Chase, primer oficial del buque hundido por el ataque de un cachalote, y Mocha Dick, la ballena blanca del Pacífico, en que el explorador antártico y escritor Jeremiah N. Reynolds plasma el duro combate entre una tripulación y un famoso cachalote, de los que es evidente que Melville trasladó abundantes aspectos a su novela. La reciente publicación de ambas breves piezas por el sello Laertes en la mítica colección de viajes Nan-Shan -por primera vez en un solo volumen, Siguiendo a Moby Dick- es una excelente ocasión para refrendar esta relación con Moby Dick, que también festeja una nueva y excelente traducción al castellano a cargo de Maylee Yábar-Dávila para Alianza Editorial.

Billy Budd, Benito Cereno, Bartleby, genio en el tramo corto

Con todas las dificultades de lectura, quien muestre la paciencia necesaria hallará apasionante la odisea de odio del ballenero Pequod. Pero más allá de Moby Dick, donde uno sale abrumado por su tronar bíblico y pensando que ojalá el autor mostrase el dominio en el estilo y la sobriedad de su amigo Hawthorne, Melville fue un genio también del tramo corto, donde fraguó tres obras maestras indiscutibles -Billy Budd, marinero, Benito Cereno y Bartleby, el escribiente- y dejó claro que podía ser un maestro de la contención cuando se lo proponía y que la desbordante fuerza de Moby Dick era algo voluntariamente buscado. Y es que él escribía con el corazón, no con la cabeza, le gustaba afirmar. Con Ahab, una de sus criaturas mayores es el oficinista Bartleby, quien -gracias a su modesto pero subversivo «preferiría no hacerlo»- se convirtió en un clave e inesperado precedente de la literatura del absurdo de Robert Walser y Franz Kafka. Nórdica viene de sacar a la calle sendas ediciones ilustradas de Bartleby -título que también publicaron recientemente Isla de Siltolá, Penguin Clásicos y Alianza- y Benito Cereno, de la que igualmente se ocupó el sello Alba, que además recuperó en formato de bolsillo sus Cuentos completos y la novela memorialística Chaqueta blanca.

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