Si Anastasia hubiese tenido esa voz

El musical que recrea la historia de los Romanov triunfa en Madrid con una puesta en escena espectacular

Íñigo Etayo y Jana Gómez interpretan a Dimitri y Anastasia en el musical que se representa en Madrid
Íñigo Etayo y Jana Gómez interpretan a Dimitri y Anastasia en el musical que se representa en Madrid

Madrid / la voz

Cuando Jana Gómez se enteró de que el personaje de Anastasia era para ella no podía parar de llorar. Con solo 22 años, a pesar de estar criada entre bambalinas, protagonizar un musical era un sueño que no entraba en sus planes. «Cuando me presenté no me planteé que me pudiera pasar a mí. Nunca he vivido algo así. Yo era muy fan de la película de Disney y me apetecía muchísimo», recuerda. Después llegaron las inseguridades a la hora de enfrentarse a los ensayos, pero pronto se disiparon porque Jana tiene un talento y una voz que hacen brillar con luz propia el musical que recrea la leyenda de la hija del zar Nicolás II, que supuestamente sobrevivió al asesinato de su familia por los bolcheviques.

Pero la «culpa» del éxito del espectáculo, que desde octubre abarrota el Teatro Coliseum de la Gran Vía madrileña no es solo suya. Allí está también la presencia imponente de Angels Jiménez, una veterana de la escena que interpreta a la gran duquesa, abuela de Anastasia; o la alegría, la vitalidad y la genialidad de Silvia Luchetti, la condesa Lily. Y otros muchos más. Como el talento cómico de Javier Navares, que interpreta al pícaro Vlad Popov; o la imponente voz e interpretación de Carlos Salgado, que se pone en la piel de Gleb, un malvado oficial bolchevique que sustituye al Rasputín de la ficción para acercar más la historia a la realidad.

Sentarse en la butaca para ver Anastasia es un viaje en el tiempo que empieza en el oscuro palacio de invierno de los zares en San Petersburgo para acabar en el colorido París. «Hay dos bloques claramente distintos -explica Angels Jiménez-. Está totalmente diferenciado el oscurantismo, el frío de San Petersburgo, y el colorista París de los locos años 20, donde tantos rusos se exiliaron, con la explosión de libertad de aquella época».

Y hay muchos elementos que hacen este viaje más real. El primero es el vestuario. «Es maravilloso -asegura Angels-, yo estoy absolutamente enamorada. Esas telas pesantes, los terciopelos, los sombreros increíbles... Y en el segundo acto los vestidos se aligeran y las telas son flexibles, las mujeres pueden bailar. ¡Es tan exquisito!». El otro secreto del éxito es la tecnología, que hace posibles los cambios rápidos de escenario y recrea diferentes ambientes con una pantalla gigante que fagocita el patio de butacas y transporta al público literalmente a los pies de la torre Eiffel. «La tecnología es uno de los primeros activos del musical -asegura Íñigo Etayo, que interpreta a Dimitri, el joven que se enamora de Anastasia-. A mí personalmente al principio me impactaba, las pantallas imponían y parecía que nos iban a comer». Pero no es así, porque el teatro puede con todo y la interpretación, no solo musical, está a la altura de la espectacularidad de los medios. «La parte musical y la hablada están compensadas -afirma Etayo-; no es un Miserables donde todo es cantado, aquí hay bastante texto y todo está muy integrado, porque lo que importa es la historia». 

Directamente de Broadway

Para poner en marcha el musical, que llegó directamente de Broadway, los actores trabajaron con el equipo creador original. «Fue todo un lujo». Ahora, después de casi 300 funciones, ya ruedan solos, aunque están vigilados de cerca por el director residente. «Él es quien se encarga de mantener la función actoralmente al nivel óptimo que dejaron los directores de Broadway -afirma Javier Navares, que interpreta a Vlad, el pícaro-, porque la repetición hace que a veces avances hacia otro lado. Te ayuda a mantenerlo fresco. A mí, como actor cómico, me pasa que siempre le doy media vueltecita más, función a función, intentando arañar esa sonrisa... Pero para eso está el director que viene y te dice ‘‘baja, baja que te estás pasando’’».

Cada día los actores llegan al teatro con una hora y cuarenta y cinco minutos de antelación. Es el momento del calentamiento vocal, vestuario, maquillaje... Son unas ochenta personas entre actores, cantantes, bailarines, técnicos... y músicos, que, aunque estén «escondidos» en el foso, cada día marcan el ritmo de la obra a golpe de partitura. De momento, estarán el verano sobre las tablas, y, al menos, esperan renovar una temporada más, porque la respuesta del público ha sido excelente. «Es un musical muy familiar -explican-, lo que no quiere decir que sea infantil. Viene gente mayor y muchos niños, pero la verdad es que no se les oye nada». 

«Es muy bonito ver a gente llorando en el patio de butacas»

En las más de dos horas que dura el musical de Anastasia no se oye ni una mosca. Bueno, a veces sí. Porque no es la primera vez que un espectador emocionado se vuelca tanto en la historia que acaba gritando algo desde el patio de butacas. «Es muy bonito ver a gente emocionada llorando en el patio de butacas -dice Javier Navares-. Llorando para bien, claro. Cuando estas cosas pasan es porque el público está metido en la situación».

Aunque no llevan mucho tiempo, ya tienen sacos de anécdotas para contar, varias por cada función. «Hay muchas, como cuando a Íñigo se le salió la patata que lleva en el zurrón y yo la cogí y le pegué un mordisco como si fuera una manzana», cuenta Navares. O uno de los momentos difíciles para Angels: «Uno de los pendientes de brillantes de la gran duquesa se me cayó en una de las escenas más dramáticas y yo dije ‘‘¿qué hago ahora, paro la función como Lola Flores para buscar el pendiente o hago como si nada y lanzo el otro al pueblo?’’. Son esos segundos de tierra-trágame-qué-hago».

Trabajar en un musical -en eso están todos de acuerdo- requiere una disciplina especial de vida. Aunque cada uno lo hace a su manera. «Yo, por ejemplo -confiesa Navares-, sí que me tomo una cerveza después de la función, porque a mí eso me genera las endorfinas que necesito». Pero también los hay «talibanes», como ellos mismos se definen, entre los que se incluyen Angels e Íñigo. «Necesitas una calidad vocal y hay que cuidarse mucho. La función es agotadora».

Luego está el vestuario, impresionante, pero, a veces, pesado. «Se pasa mucho calor. Yo en el inicio del primer acto llevo seis capas de ropa encima, más una barba postiza, una peluca...». Cada función se vive intensamente y cada día es distinto. «Hay un día que vienes más tocado de la voz, otro con un problema personal, pero toda esa sinergia hace que todos rememos en la misma dirección».

A algunos como Silvia Luchetti, les ayuda el propio personaje: «La condesa Lily -afirma- es la liberación de la mujer, la alegría. Es un terremoto y estoy muy contenta porque es un personaje muy rico. Lo agradeces mucho porque un día que estás mal el personaje te ayuda a salir para arriba y además conecta muy bien con el público».

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Si Anastasia hubiese tenido esa voz