«Dolor y gloria»: Un Almodóvar depurado y total

Con esta película se congraciará con la cinefilia exigente, esa a la que nos horrorizó «Los amantes pasajeros» o nos supo a poco buena parte de su cine reciente


Desde Volver (2006) tenía a Almodóvar como un creador encerrado en su burbuja, quizá obligado por la popularidad, hasta perder el control de la realidad, el contacto con la gente y la vida cotidiana. Ignoro si es así, pero seguro que ya le compran la leche en el súper y no se toma una cerveza en una tasca o simplemente dejó de pasearse por el Retiro. O quizá haga todo lo contrario, pero en su cine no se notaba. Con Dolor y gloria sentimos que habla de sí mismo, ese Salvador Mallo, director de cine ya en la madurez, con achaques y desgastes, que regresa a su niñez, a su madre -soberbio su diálogo con Julieta Serrano- y a los primeros amores, mientras reflexiona sobre su obra y su lugar en el mundo. Sientes que el manchego habla de lo que sabe y lo hace además con una depuración de estilo privilegio de los grandes. Su universo plástico reluce en el trabajo de arte y la fotografía de Alcaine, como en las notas de Alberto Iglesias.

«Dolor y gloria» -Tráiler

Es uno de sus ochomiles, un filme que le reintegrará el respeto de la crítica y lo llevará por la estela de los premios. Incluso -aunque tenga cuerda para rato-, desprende un cierto pálpito de melancólico adiós, como si cerrara aquí la puerta a las pantallas. Pero, sin venirnos arriba con el elogio, hay una realidad tan incuestionable como injusta. Hace tiempo que Almodóvar no arrasa en España porque Caín la tiene tomada con él. No estamos en el cine español para mirar a otro lado, no solo por su marcado sello autoral -todo un privilegio-, también porque rueda sin pensar en la coyuntura taquillera. Con esta película se congraciará con la cinefilia exigente, esa a la que nos horrorizó Los amantes pasajeros (2013) o nos supo a poco buena parte de su cine reciente. Más allá de que hunda sus raíces emocionales en un drama intenso, con más dolor que gloria, e incluso extraiga lo mejor a su reparto, hasta reconciliarnos con el otro Banderas -en las antípodas de sus trabajos mainstream de los últimos años-, sus imágenes son una lección vital: detrás del oropel, el glamur y el aplauso, hay personas comunes, y Mallo también lo es.

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El manchego estrena el próximo viernes «Dolor y Gloria», la película que más lo representa íntimamente

En el despacho de Pedro Almodóvar en su productora El Deseo, cerca de la Plaza de las Ventas, el lienzo original de Ceesepe para el póster de La ley de deseo comparte espacio con los premios y fotografías en las que aparece con Billy Wilder y Penélope Cruz. Los recuerdos de una vida que el director nunca había expuesto con la sinceridad y crudeza con que lo hace en Dolor y gloria, la película que estrena el próximo viernes.

Su protagonista es un director de cine (Antonio Banderas, con el peinado y la ropa del propio Almodóvar) sumido en una crisis creativa y amargado por los mil padecimientos físicos que sufre. El ajuste de cuentas con el pasado adoptará la forma de dos personajes. La madre, a la que recuerda en el pueblo en la mísera España de los 50 (Penélope Cruz), y un antiguo amor que reaparece y con el que vivió las noches salvajes del Madrid de los 80 (Leonardo Sbaraglia). La heroína será el combustible para el alivio y la memoria del protagonista, que, al igual que Almodóvar, solo teme desengancharse de una droga: el cine.

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