Todo Giacometti en doscientas obras

El museo Guggenheim de Bilbao inaugura hoy una retrospectiva que recorre cuatro décadas de creación de uno de los escultores más relevantes del siglo XX


bilbao / enviado especial

«Cuanto más se fracasa más se triunfa». Esta afirmación de Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901-Coira, 1966), hombre de pocas palabras, resume una brillante carrera artística de 40 años, una filosofía de trabajo e incluso de vida, y también un presupuesto estético de partida. Es la «noción del fracaso» a la que alude Catherine Grenier, directora de la Fundación Giacometti de París y comisaria, junto a Petra Joos, de la exposición que hoy se inaugura en el museo Guggenheim de Bilbao, y que, dice, es uno de los motores de la creatividad incesante del escultor suizo, uno de los más importantes genios del arte del siglo XX. «La única oportunidad que tenemos de seguir avanzando surge si en lugar de rendirnos persistimos», se explicaba Giacometti en su tranquila humildad, la misma que maneja en su búsqueda e incluso en los motivos que investiga y representa una y otra vez.

Con él se acaba la monumentalidad, lo solemne, el ansia de posteridad, todo sentido heroico de la escultura. Eso es lo que se puede comprobar en la segunda planta del edificio de Frank Gehry, a orillas de la ría del Nervión, donde se han instalado más de doscientas piezas de Giacometti, entre escultura, pintura, grabado y dibujo. «Si miro durante mil años este rostro, todavía estoy mal pero me estoy acercando», decía en un intento de describir su actitud frente al modelo, a la hora de sentarse sin cinismos ante el lienzo o el yeso, consciente de que para él resultaba imposible representar las cosas según su naturaleza. Solo esta disposición, siempre con la mente abierta, hace comprensible una trayectoria tan larga, reflejada en la horquilla 1934-1965 que cubre esta retrospectiva, patrocinada por Iberdrola y, sobre todo, el esfuerzo por superarse que lo llevó a continuar su búsqueda, a no estancarse, a no abandonar, como sí les ocurrió a muchos de los colegas con los que coincidió en las vanguardias. Él se sabía indefenso y esto lo dotaba para la investigación, lo mantenía alerta, con sus obsesiones pero sin prejuicios: «Cuando no trabajo creo saber perfectamente lo que persigo, lo que quiero, incluso creo ver esta obra terminada delante de mí, pero cuando empiezo a trabajar todo cambia y parezco perdido». Es en esa modestia, en esa limpieza de la mirada, en esa duda, donde empieza su indagación permanente hacia algo distinto, hacia algo mejor.

Grenier subraya que en la raíz de esta forma de encarar el arte está presente un fuerte sentimiento de la fragilidad del ser humano, y no la conquista de las grandes metas, sino su visión anti heroica de la existencia: «Se trata de una idea del fracaso que no le impide construir; es más, lo empuja cada día al taller a enfrentarse a la tarea». Giacometti es un artista solitario, como sus figuras, pero tiene al menos la certeza de que está en la vía correcta. «No buscaba el dinero, la gloria, la adulación o el confort, su camino lo marca la experiencia alcanzada cada jornada con sus manos», incide la comisaria. Su verdadera aspiración, confesaba el autor, es «ver, comprender el mundo, sentirlo intensamente y ampliar al máximo nuestra capacidad de exploración».

En el taller de su padre

Esa sabiduría le hizo darse cuenta de que debía dejar atrás sus inicios en el poscubismo y el surrealismo, que abrazó poco después de llegar a París para estudiar en la Académie de la Grande Chaumière, procedente de su aldea de Stampa, en los Alpes suizos, donde adquirió en el taller de su padre los rudimentos del oficio (con 15 años ya esculpió Cabeza de mi madre, que ya lo anuncia, pero que no está en la muestra vasca). Sabía que si quería esa ansiada libertad creativa había de emanciparse de todos los ismos, trascenderlos. Es de esta manera cómo regresa a la figuración y también como encuentra su propio estilo, inconfundible, y como alumbrará esos personajes alargados, icónicos, que son el emblema de su obra y aún hoy una metáfora de la debilidad del hombre, en soledad, caminando o hierático, en pos de las claves de la existencia.

Giacometti es un espíritu libre, un creador sin condicionantes externos, que siempre viaja hacia lo esencial, partiendo de los ojos, de la expresividad del rostro que edifica desde la órbita pasando hacia el puente de la nariz y la boca. «Si logro hacer bien los ojos todo viene rodado», celebraba. Esa síntesis, ese esquematismo se erige ahora como signo de modernidad, de contemporaneidad. Otra de sus principales preocupaciones era la escala, en la que trabajaba la relación espacial con el espectador, que ajustaba al límite con la proporción del pedestal de la pieza (la exposición bilbaína incluye figuras humanas que van de los apenas dos centímetros de altura a más de dos metros). En todos estos procesos tienen mucha importancia sus dibujos y pinturas, poco conocidos pero fundamentales como laboratorio para ampliar los confines de su mirada.

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